A M…*
Tu traición justifica mi falsía aunque lo niegues con tu voz de arrullo; mi amor era muy grande, pero había algo más grande que mi amor, mi orgullo.
Calla, pues. Ocultemos nuestro duelo, la queja es infecunda y nada alcanza; agonicemos contemplando el cielo ya que el cielo es nuestra única esperanza.
No creas que este mal decrezca y huya: cada vez menos parco y más despierto imperará en mi vida y en la tuya «como reina el león en el desierto».
Los años rodarán en el abismo sin que recobres la perdida calma. ¡Tú siempre llevarás, como yo mismo, un cadáver en lo íntimo del alma!
El tiempo no es el médico discreto que, por medio del fórceps del olvido, saca del fondo de la entraña el feto muerto allí como el pájaro en su nido.
*Matilde Saulnier