Dicen que el nauta que frecuenta el hielo del yermo boreal, venciendo el frío, recibe a veces de ignorado cielo una olorosa ráfaga de estío.
¡Qué beso el de tal hálito de paso! ¡Qué fruición! ¡Qué delicia! ¡Qué embeleso! ¡Sólo un beso de amor produce acaso mayor placer que semejante beso!
Pues bien, yo experimento a tus miradas lo que en el polo el peregrino siente, cuando una de esas brisas perfumadas va de otro clima a acariciar su frente.
En mi noche invernal, Dios ha querido que el resplandor de tus pupilas fuera un efluvio de rosas difundido en un rayo de sol de primavera.