Un domingo Epifanía no volvió más a la casa.
Yo sorprendí conversaciones en que contaban que un hombre se la había robado y luego, interrogando a las criadas, averigüé que se la había llevado a un cuarto. No supe nunca dónde estaba ese cuarto pero lo imaginé, frío, sin muebles, con el piso de tierra húmeda y una sola puerta a la calle. Cuando yo pensaba en ese cuarto no veía a nadie en él. Epifanía volvió una tarde y yo la perseguí por el jardín rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre porque mi cuarto estaba vació como una caja sin sorpresas. Epifanía reía y corría y al fin abrió la puerta y dejó que la calle entrara en el jardín.
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