Lo menos que yo puedo para darte las gracias porque existes es conocer tu nombre y repetirlo.
Si brotas de la tierra, hostil de espinas, ávida de cielo, en vigoroso impulso y ofreces un capullo a la caricia leve del viento y cálida del día, sé que abrirás a la mañana bruja tu perfección efímera en la Rosa.
Conozco tu perfume y tu destino, piel de doncella, hostia múltiple; tu breve día, tu don. Miro el momento en que brindas tu lecho nupcial a las abejas; o el colibrí se pinta en tus colores y desmayas tus pétalos de seda, conchas del mar del aire en que naufraga tu vida breve y tu perfume rosa.
Yo repito tu nombre cuando veo, ave suntuosa y vegetal, tu nido anclado en aquel árbol que te nutre. Las plumas de tus pétalos, Orquídea; el silencio en que cantan tus colores.
Y te busco en la sombra; bajo el ala del árbol que te oculta, en los ramos redondos en que entonas a coro tus azules, Hortensia.
Pero también te admiro y te saludo y repito tu nombre proletario cuando tiendes, Mastuerzo, tus frágiles sombrillas, tus trémulas sombrillas disciplinadas y redondas, en que tiembla el rocío, y atreves la sencilla ofrenda de tus conos amarillos a la mano del niño que te inmola.
Y a ti, Cortina humilde que abres el sol y cierras a la noche tus sueños de trocarte en Bugambilia; y a ti, que en el violento grito de tu amarillo ostentas en colores, Mercadela, el perfume negado a tu pobreza.
Y contemplo tu rostro, Margarita, tu cuello almidonado e impecable, tu uniforme escolar para la fiesta, tu faz redonda, ingenua.
Saludo a tus hermanas mayores en las Cinnias que aprendieron ya el arte de maquillarse; que copiaron su labio pintado a la Petunia mientras tiende su beso y asoma su coqueta esbeltez entre las turbas del Cielo raso que la rapta.
Miro cómo el Acanto lanza la espiga erecta de tus torres y cómo los Delfinios yerguen, música azul, sus campanarios. ¿Qué licor impalpable brindan, alto Alcatraz, tus copas blancas? ¿Qué cielo multiplicas, Agapanto, cuando rindes la nuez de tu universo desde el brazo tendido de tu tallo?
Te miro, Platanillo, cresta airosa de un gallo de alas verdes; tan lleno de familia que no has podido ser una Gladiola, y te resignas a tu sino del pariente más pobre de esa rica dueña de tiendas, celofán y rasos.
Cerca está la Retama; sus largos alfileres capturan mariposas menudas y amarillas. El polen de sus alas prisioneras cuelgan en uvas minúsculas la Mimosa vecina.
Lo menos que yo puedo para darte las gracias porque existes oh, flor, milagro múltiple es conocer tu nombre y repetirlo.
Danza el Geranio inmóvil sus enaguas gitanas en tiesto humilde. Cuando llegue el invierno; cuando duerman las Dalias su gestación de piedra; cuando nieven los Lirios su cándido capullo; cuando la Nochebuena despliegue sus estrellas, vestirán las azaleas trajes de bailarina faldas de leves tules y lánguidos pistilos. Serán tu aristocracia, Geranio, las Azaleas.
Yo te miro trepar, flor eminente; Gloria o Jazmín, o Plúmbago, que entregas tu fino ramo pálido al viandante; te miro Bugambilia, anidar la morada de los hombres cual si los invitaras a ser pájaros; te miro, Llamarada, ungir de sol el muro y las ventanas; y si un perfume de niñez me invade y condensa la tarde en su dulzura, sé que tú has de estar cerca, Madreselva.
Te admiro dura y rala, hostil y gloriosa, seca y amarga y vívida como la recia planta que decoras cuando estallas tu rojo en la Biznaga que coronas minúscula de estrellas; cuando del Nopalillo que serpea entre rocas de lava congelada, brotas como una estrella de alabastro o sangras como herida de la piedra. No me olvides, me grita el Nomeolvides que recoge virutas siderales en el prado en que juegan las Juanitas y cuidan engolados Pensamientos; en el alegre prado en que embisten la clara pirotecnia de su organdí corriente, los Perritos; en que los Alhelíes, ebrios de aroma, pintan su sonrisa roja, blanca y morada y donde las Violetas, como cuadra a su fama, doblan el cuello y hurtan su modestia.
Y yo te miro, flor, tender el vuelo y posarte en los árboles; te miro arder en la pasión del Flamboyán que incendia el día de Mérida. Y cubrir con tu velo de crepúsculo triste la Jacaranda de Guadalajara que inmola alfombras tenues a los pasos románticos. Te miro, Flor de mayo, Jacalasúchili, redimir la pobreza de tus troncos con una geometría perfumada y perfecta; te miro, Cempasúchil, flor de los muertos y de los pobres, enriquecer y resucitar a mi raza.
Y te aspiro, Gardenia, Jazmín, huele de noche. Estrella de día; Heliotropo, Azucena, Nardo; porque eres forma, color y perfume; porque eres, flor, la esencia de la vida, la juventud del mundo, la belleza del aire, la música cifrada del orbe; porque eres frágil, breve, delicada. y corres a la muerte que te inmola y consagra, y eterniza.
Lo menos que yo puedo para darle las gracias porque existes para alabar a Dios que te ha creado, ¡oh, flor, milagro múltiple! es conocer tu nombre y repetirlo en una letanía de colores y en una sinfonía de perfumes.
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