I Dentro de estos cuatro muros pretendí ocultar mi dicha: Pero el fruto, pero el aire ¿cómo me los guardaría?
Hora mejor que pospuse, camino que no elegí, voces que eran para mí, destino que no dispuse; ¡cómo os volvisteis oscuros! ¡qué amargo vuestro sabor cuando nos encerró mi amor dentro de estos cuatro muros!
Entre tu aurora y mi ocaso el tiempo desparecía y era nuestra y era mía sangre, labio, vino y vaso. En perdurar se encapricha mi sombra junto a tu luz y bajo negro capuz pretendí ocultar mi dicha.
Pero el fruto, pero el aire, pero el Tiempo que no fluya, pero la presencia tuya fuerte, joven, dulce, grande; sangre tuya en vena mía, lazos a instantes maduros, dentro de estos cuatro muros ¿cómo me los guardaría?
II Porque a pesar de todas las pieles de becerro una camisa es casi tanto como una página llorar desesperadamente porque ocurrió lo que era de esperar.
Si no tiene remedio, al principio era el único fin de mi existencia, las profesiones no son mas que hábitos y ya nada es posible desde aquella noche apellidada. No me conoció cuando aparté la máscara de mi rostro yo no pedía más que su rumor pero me daba su compañía. Se quitaba la noche y la muerte y se moría yo me ahogaba en la alberca de su gimnasia yo envejecí definitivamente a su lado y mis ojos se cerraron ante los suyos. Quise marcar las fechas de su corazón, pero no sé ruso y la sábana era una estepa.
III ¡Apenas si te reconozco! Si tu labio en el mío es como el mío mismo, si ya tu mano estéril no oprime ni rechaza y eres como el azogue que da mi propia luz. ¡Ay de mí que amaba tu fuerza si la fuerza está toda en mi! ¡Ay de mí que esperé la muerte y que te la dí!
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