Con un chambergo puesto como corona y el chal bajando en hebras a sus rodillas, baila una sevillana las seguidillas a los ecos gitanos que un mozo entona.
Coro de recias voces canta y pregona de su rostro y sus gracias las maravillas, y ella mueve, inflamadas ambas mejillas, el regio tren de curvas de su persona.
Cuando enarca su cuerpo como culebra y en ondas fugitivas gira y se quiebra al brillante reflejo de las arañas,
estalla atronadora vocinglería, y en un compás amarra la melodía palmas, risas, requiebros, cuerdas y cañas.