Quietud, pereza, languidez, sosiego… un sol desencajado el suelo dora, y a su valiente luz deslumbradora que le ha dejado fascinado y ciego.
El mar latino, y andaluz, y griego, suspira dejos de cadencia mora, y la jarra gentil que perlas llora se columpia en la siesta de oro y fuego.
Al rojo blanco la ciudad llamea; ni una brisa los árboles cimbrea, arrancándoles lentas melodías.
Y sobre el tono de ascuas del ambiente, frescas cubren su carmín rïente en sus rasgadas bocas las sandías.