Noche terrenal, en tu exiguo fuego me complací alguna vez y descendí entre los mortales.
Y vi al hombre inclinado sobre el regazo de la amada escuchándose nacer, y transformarse entregado a la tierra, las manos juntas, abrasados los ojos y la mente.
Yo amaba. Frías eran las manos de la criatura nocturna: otros terrores acogía en el vasto lecho donde al alba me despertó un aleteo de palomas.
Luego el viento depositó hojas sobre su cuerpo inmóvil; se alzaron sombrías las aguas en los mares.
Amor mío, yo aquí me aflijo sin muerte, solo. * * * * *