Se adivinaba la estación oculta por el ansia de las lluvias nocturnas, por los cambios de las nubes en el cielo, undosas leves cunas; y yo estaba muerto.
Una ciudad suspendida en el aire era mi último exilio, y en torno me llamaban las suaves mujeres de otros tiempos, y la madre, renovada por los años, con su dulce mano escogía entre las rosas y con las más blancas ceñía mi cabeza.
Afuera era de noche y los astros precisos seguían ignotos caminos en curvas de oro y las cosas vueltas fugitivas me llevaban a rincones secretos para hablarme de jardines abiertos de par en par y del sentido de la vida; pero a mí me dolía la última sonrisa
de tierna mujer echada entre las flores.
* * * * *