¡SICÓMORO, a menudo con música de abejas! Tales tiendas querían los Patriarcas. Cubran esas añosas ramas intactas largo tiempo la taza pequeñita y redonda, que ampara de las hojas caídas una piedra. y envíe, tranquila como el hálito de un infante dormido, primavera esas aguas frías al caminante, con palpitar seguro y suave. Que no cese el cono de arenita en su mudo danzar, al fondo, como un paje de los Ellos, pues baila ahora, tan menudo y alegre como ellos, sin turbar a la fuente en su tersura clara. Aquí hallarás frescor y crepúsculo y musgo, un blando asiento y una sombra profunda y vasta. Más árboles no busques: ni lejos los verías. Bebe, pues, peregrino, y descansa. y si tienes muy limpio el corazón, también podrá tu espíritu refrigerarse, oyendo algún sonido dulce de las brisas o las abejas murmurantes. Versión de Màrie Montand