Un viejo marinero se encuentra con tres invitados a una boda, y detiene a uno de ellos.
_Este es un viejo marinero y a uno detiene de los tres; «¿por tu ojo claro y barba gris, Por qué me quieres detener.
Ves aquí la casa del novio, su pariente cercano soy: la gente se apresta, comienza la fiesta: oír puedes el gayo clamor»._ Y él, de su mano reseca, le para: «Había una vez un barco…__» «¡Suéltame, viejo vagabundo!» y presto retira la mano.
El invitado a la boda queda fascinado por la mirada del viejo navegante, y se ve obligado a oír su historia_.
Y él, de su claro mirar, le detiene: el invitado a la boda se para, y le oye, atento como un niño. Logra el marino lo que ansiaba.
El invitado se sienta en un poyo, ya nada puede, sino escuchar, y así le habla ese pobre vejete, el marino de claro mirar:
«El barco alegre, el puerto alegre, qué gozosos nos deslizamos frente a la iglesia y la colina, y frente a la torre del faro»._
El marinero cuenta cómo el navío se dirigió hacia el sur con buen viento y admirable tiempo, hasta que llegó a la línea.
Surgió el sol a la izquierda, ¡salía de la propia mar! ¡alumbró, y al cabo, a la diestra se sepultó en la propia mar!
Y día tras día más alto, a la punta del mástil llegó… Se da el invitado en el pecho, al oír el ronco fagot.
El invitado a la boda oye la música nupcial: pero el marinero continúa su narración.
_La novia en el salón ha entrado, como una rosa, roja y fresca, y detrás, a compás, la siguen los ministriles de la fiesta.
Se da el invitado en el pecho, ya nada puede sino escuchar; y así le habla ese pobre vejete, el marinero de claro mirar._
El navío es impulsado por un temporal hacia el Polo Sur.
_«Y vino entonces la tormenta, y era tiránica y feroz; de sus alas nos torturaba, y al sur nos arrastró.
Vencidos mástiles, bauprés hundido, como el que, a palos perseguido, en la sombra enemiga va y angustiado la frente levanta, así el bajel, al viento cruel, hacia el sur, hacia el sur volaba._
Trayendo el frío insoportable vinieron la niebla y la nieve: y flotaban los altos hielos, como las esmeraldas verdes».
La tierra del hielo y de los sones espantosos, donde no se veía un ser viviente.
_«La nieve en montañas de blancas marañas daba una torva claridad: hombres no vimos, bestias no vimos, ¡El hielo, el hielo, y nada más!
¡El hielo aquí y el hielo allí, hielo, hielo por todas partes: gritaba, gruñía, saltaba, crujía; tal oye quien va a desmayarse!»_
Hasta que una gran ave marina, llamada el Albatros, vino a través del turbión de nieve, y fue recibida con gran alegría, y con hospitalidad.
_«Y vino, por fin, un Albatros: a través de la niebla vino; como a un alma cristiana, salve en el nombre de Dios dijimos.
Comió lo que nunca comiera, al redor de la nave voló; el hielo rompió un sordo trueno, y el timonel a través pasó»._
Y he aquí que el Albatros mostró ser un ave de buen augurio, y siguió al barco, que viró hacia el norte, a través de la niebla y de los hielos flotantes.
_«Un viento suave movió la nave, y el Albatros iba detrás, ¡Y a la algarabía marina acudía por comer o por retozar!
Y en niebla y nieve, durante nueve noches, reposó en los cordajes; y entre la bruma la blanca luna brillaba en el blanco paisaje»._
Inhospitalariamente, el viejo marino mató el ave de buen agüero.
«¡Te salve Dios, viejo marino de los demonios! ¿Mas por qué miras así?»- «Con mi ballesta al Albatros maté»
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