Parte quinta

Parte quinta

¡Oh sueño! ¡Oh dulce sueño, siempre de polo a polo bendecido! A María, la Reina, gracias que Ella del cielo bajar hizo el suave sueño hasta mi alma.

Por gracia de la divina Madre, el viejo marinero es refrescado por la lluvia.

_Los cubos que sobre cubierta quedaron secos tantos días, soñé ver llenos de rocío… y cuando recordé, llovía.

Los labios húmedos, fresca la boca, empapada la ropa caída; en sueños sin duda bebí, y aún mi cuerpo bebía, bebía.

Al moverme, nada sentí; y me vi tan puro y liviano, que pensé fuera muerto en el sueño, y tornado en espíritu santo._

Oyó sones, y vio raras cosas, y conmociones en el cielo y en el elemento.

_Sin que llegara hasta la nave, sonó, lejos, un viento fuerte; mas su ruido agitó las velas, las velas tostadas y endebles.

¡Arriba el aire, vivo, ardió! y cien estandartes de llamas giraron en torbellino; y en él danzaron, en locos giros, las estrellas amedrentadas.

Suspiraron las velas al viento como los juncos que se doblan; y llovió de una nube negra que tenía la luna de su orla.

Se hendió la negra nube, y siempre estaba a su lado la luna; como torrente despeñado descendió, súbito, el relámpago, en catarata furibunda._

Se mueven los cadáveres de los marineros, y el navío avanza.

_¡Al barco no vino el ventalle, y el barco avanzó, sin embargo! y gimieron los hombres muertos bajo la luna y los relámpagos.

Gimieron, moviéronse, alzáronse, sin hablar, con los ojos quietos. Aun en sueños extraños sería ver alzarse a esos hombres muertos.

Al gobernalle fue el piloto, y el barco, sin brisa, avanzó; los marineros, en sus sitios, hicieron la usada labor; sus miembros, muertas herramientas, una horrible tripulación._

Junto a mí, rodilla a rodilla” quedó el cuerpo de mi sobrino; ambos tiramos de una cuerda, mas él palabra alguna dijo.

Pero no por las almas de los hombres, ni por los demonios de la tierra o del aire inferior, sino por una tropa bendita de espíritus celestiales, venidos por invocación del ángel guardián marino_.

-«¡Miedo me das, marino viejo!». -«¡No temas nada, convidado! No eran sus ánimas errantes que volvían a los cadáveres; eran espíritus sagrados.

Pues, los brazos bajando, al alba, al pie del mástil se agruparon; suaves sones sus bocas fluían, que de sus cuerpos se esfumaron.

En torno, en torno, ledamente, los sones volaban al sol; volvían luego, entrelazados, o uno a uno cada son.

Como dulces notas del cielo las alondras oí cantar; ¡juntas todas las avecillas, de su encantada melodía llenaban el aire y el mar!_

_O ya como toda la orquesta, o ya como una flauta sola; o como el canto de los ángeles, que a los mismos cielos asombra.

Y cesó; mas las velas siguieron como un delicioso murmullo; era como un arroyo suave, que en el pródigo mes de junio a las selvas dormidas les canta un suave estribillo nocturno.

Y hasta mediodía bogamos, y no sopló ninguna brisa; lenta y cauta avanzó la nave de popa a proa impelida._

El solitario espíritu del Polo Sur lleva el barco hasta la línea, obedeciendo a la tropa angélica; pero pide venganza siempre.

_Bajo la quilla, a nueve brazas, desde la tierra de nieve y neblina, vagó el espíritu; y él era quien la nave mover hacía. Cesaron las velas su canto, y el barco paró, a mediodía.

El sol, por encima del mástil, lo había fijado al océano: mas a poco la nave movióse con breve y difícil esfuerzo; medio cuerpo, ya atrás, ya adelante, con breve y difícil esfuerzo.

Después, como un caballo brioso, un gran salto dio, repentino; subió la sangre a mi cabeza, y luego caí, sin sentido._

Los demonios, compañeros del Espíritu del Polo, habitantes invisibles del elemento, toman parte en su pena.

En tal estado cuánto tiempo quedé, no lo supe; mas antes de que la vida a mí tornara, pude escuchar dos voces claras, y distinguirlas en el aire.

Y dos de ellos se dicen qué larga y penosa penitencia ha sido señalada al viejo marino por el Espíritu Polar que torna al sur.

_Dijo la luna: -«¿ El hombre es él, por el que en la cruz murió, .el que al inofensivo Albatros con la ballesta cruel mató?

El alma que por él sufría en la tierra de nieve y niebla, amó al pájaro que amó al hombre que lo mató con la ballesta».

La otra voz era más suave, suave como miel diluida y dijo: «Este hombre ha expiado mucho, y habrá de expiar más todavía»,

    • *_