Y surgió el sol a la derecha: salía de la propia mar; quedó en la bruma, y a la izquierda se sepultó en la propia mar.
Y el viento suave movió la nave, ¡mas ningún ave iba detrás que a la marinera llamada acudiera por comer o por retozar!
Los camaradas recriminan al viejo marino, por haber matado al ave de buena suerte.
Hice una cosa del infierno que debía traer la desdicha: y sabían que yo al ave maté, la que hacía soplar la brisa. ¡Oh, qué gran pesar al ave matar, la que hacía soplar la brisa!
Mas cuando se disipó la bruma, justificaron el crimen, y se hicieron cómplices de él.
Mas ved que el sol, testa de Dios, lleno de gloria, sube; y dijeron que yo al ave maté, que traía la niebla y las nubes. ¡Ah, qué bienestar al ave matar, que traía la niebla y las nubes!
La buena brisa continúa; el barco entra en el Océano Pacífico, rumbo al norte, hasta que llega a la línea.
La brisa esfuma la blanca bruma, y libre nos sigue la estela; un gran mar vimos, y dél supimos nosotros por vez primera.
El barco de repente se para. _Cayó la brisa, cayó el velamen, más triste nada se pudo dar; ¡sólo si hablábamos, turbábamos el silencio del mar!
En un cielo caliente de cobre, al medio día un sol de púrpura encima del mástil estaba, y no más grande que la luna.
Día tras día, día tras día, sin olas ni viento, pasamos; parecía una nave pintada en un océano pintado._
Y el Albatros comienza a ser vengado.
_Agua, por todas partes agua, y chirriaba el calor, en la borda; agua, por todas partes agua, y para beber, ni una gota.
Se pudría el abismo; ¡Dios! ¡Tales cosas poder mirar! Patudas y fangosas bestias surgían del fango del mar.
En torno, en torno, pululaban en la noche, los fuegos fatuos; y como lámparas de bruja brilló el mar, verde, azul y blanco._
Un espíritu las había seguido.; uno de los invisibles habitantes de este planeta, que ni son ánimas en pena, ni son ángeles; a propósito de ellos puede verse lo que dicen el docto judío Josefo, y Miguel Psellus, el platónico constantinopolitano. Son muy numerosos, y no hay clima ni elemento donde no se encuentren uno o varios.
_Y unos en sueño ver decían al mal espíritu que nos tortura. Hundido nueve brazas seguíamos desde el país de la nieve y la bruma.
Y cada lengua, por la sed, seca estaba hasta la raíz; hablar no podíamos, y éramos como asfixiados con hollín._
Los navegantes, en su desolación, quisieron echar toda la culpa al viejo marinero; y como señal de ello, ataron a su cuello el ave marina muerta.
¡Ah! ¡qué miradas espantosas viejos y mozos me lanzaban! en vez de la cruz, el Albatros a mi cuello anudado estaba.
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