Parte sexta

Parte sexta

Primera voz

Mas dime, dime, torna a hablar, repite la réplica suave: ¿Qué es lo que impulsa al raudo buque, y el océano ahora qué hace ?

Segunda voz

Tal un esclavo ante su dueño, retiene su soplo la mar; fija en la luna tiene ahora su honda mirada de cristal, Y le pide saber la ruta, pues ella, buena o cruel, le guía. Contempla, hermano, qué graciosa por mirarle se inclina.

El marinero ha estado sumido en un letargo.

Primera voz

Mas la nave, ¿por qué tan rauda, sin vientos y sin oleaje?

El poder angélico ha impulsado la nave al norte con celeridad que ninguna humana vida podría soportar:

Segunda voz

_Porque adelante se abre el viento, y se cierra detrás de la nave.

¡Arriba! ¡arriba! ¡hermano, vamos, arriba! no nos retardemos, pues la nave se detendrá cuando despierte el marinero._

El impulso sobrenatural es retardado; despierta el marino y se renueva su expiación.

_«Cuando al fin desperté navegábamos; hacía luna y manso tiempo; y bajo la luna apacible se alzaron, a una, los muertos:

Se irguieron todos en el puente; y era carne muerta que en mí fijaba los ojos de piedra que hacía la luna fulgir.

El horrible ademán de su muerte ya nunca lo podré olvidar; no pude apartar la mirada de sus ojos ni para orar._

La maldición es por fin expiada.

_El encanto cesó; de nuevo contemplé el océano verde; lejos miré, mas no vi nada que no hubiera mirado siempre,

Como el que por senda apartada tembloroso y medroso va, y habiendo mirado una vez atrás, ya no torna a mirar, porque sabe que un enemigo horrible, le sigue detrás.

Mas pronto vino un viento a mí, sin movimiento y sin alarma; y no vagaba sobre el mar, ni lo agitaba ni rizaba.

Me acarició cabello y rostro como céfiro campesino; se mezcló raramente a mi espanto, empero, me fue bienvenido.

Veloz, veloz iba la nave, a toda vela y suavemente; suave, suave sopló la brisa, y sopló para mí solamente._

El marinero advierte su tierra natal.

¡Oh sueño de dicha! ¿La luz de la torre del farol es ésta? ¿Y éstas la iglesias y la colina? ¿Es esta mi propia tierra?

_Pasamos la entrada del puerto, y suspirando alcé mis preces: ¡Oh Dios, déjame despertar, o déjame dormir por siempre!

El puerto era un claro cristal, ¡así se extendía de suave! y en el puerto, luz de la luna, y las sombras lunares.

Brillaba el peñasco, brillaba la iglesia, la iglesia que está en el peñasco; y el claro de luna bañaba la veleta del campanario._

Los espíritus angélicos se llevan los cadáveres. Y aparecen en sus veras formas de luz.

_Y en la luz silenciosa del puerto, y saliendo de la mar misma, muchas formas -o sombras- brotaron, de vivo escarlata vestidas.

A poca distancia de proa vi esas figuras de carmín, y tornando los ojos al puente de repente, ¡oh Cristo, qué vi!

Los cuerpos, flácidos, yacían, y, ¡por la Santa Cruz! de cada cuerpo un serafín surgía, bañado de luz.

Y cada uno alzó la mano con un ademán celestial. Enviaban señales a tierra, todos, amable claridad.

Y cada uno alzó la mano sin decir palabra ninguna; ¡ninguna! mas en mi espíritu este silencio era una música.

El timonel y su grumete aprisa oílos se acercar. ¡Dios del cielo! ¡Ya no podían los muertos blasfemar!

¡Otro aún vi, y oí su voz: era el buen ermitaño! El que en el bosque en alta voz, canta los himnos santos. El lavará de mi alma la sangre del Albatros.

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