II Después de tantos mares donde se deshojaron en otoños de espuma los leves rostros muertos y fueron como sombras de incendiados marfiles a plegarse en el fondo de dormidos espejos, aquel sol de violetas y oro decapitado que invadió sordamente la raíz de tu pecho y trepó hasta tus ojos con moradas espinas, y hasta tu voz con ácidos aguijones de hielo.
Y aquel canto bruñido por las lluvias del polen se llenó de nocturnas mariposas sin sueño, y el viento que jugaba por los altos vitrales y entre los mirtos tuvo su casa de gorjeos, resquebrajó el crestado recinto de tu audacia y fue huracán golpeando tus árboles desiertos.
Mientras se despeñaban los altivos jardines en un rescoldo amargo de melodiosos ecos, en las duras florestas las tórtolas morían ahogadas por un aire de serafines negros, y cerraban sus párpados los olorosos claves sellados para siempre por ruiseñores ciegos, a orillas de la fiesta en que el centauro abría como un rosario vivo su galope en tu verso, entre escorias de cisnes y escrituras del frío, sobre las tenebrosas arenas del desvelo tú solo, tú en la isla, con las manos desnudas, sitiada por la noche tu garganta de fuego.