¿Que se estiró la tierra hasta el gemido? ¿Que fue el cielo sonando sus campanas azules desde el pálido sueño a la sangre que sufre?
¿Que se ha cruzado un río, llanto y llanto? ¿Que se han cruzado veinte galopes de cristales, con sus veinte misterios llenos de claridades?
¿Que se alzó la montaña poderosa? ¿Que alargó el alto hielo su selva inmaculada? ¿Que las rocas crecieron para tapar tu cara?
¿Que el viento se hizo espeso como piedra, como una inmensa rueda de vidrio turbulento girando entre tus sienes y el rumor de mis besos?
¿Que el espacio se burla de mis ojos? ¡Ah, no! Yo sé el camino para poder hallarte. La muerte me ha mirado caminar por sus valles.
Visiones
XVIII Las madres allí están, desde allí miran las polvorientas, las hundidas madres, secas fuentes del hijo, los vientres desfondados, los arrugados muslos como perlas marchitas, largos lirios quemados por las lágrimas en un aire que gime como los moribundos, aire que huele a la perdida sangre en que los hijos nadan antes de entrar en el combate de oro, cuando estrenen su casa de temblores vistiendo el tenebroso ropaje del perfecto paraíso. Sollozan con un torpe sollozo de ceniza mirando siempre hacia un remoto cielo de agrias lluvias, hacia las sementeras del otoño donde los ojos de los hijos caen. Allí crujen y oran y se aprietan como gavilla de ángeles sin sueño de sol a sol de tiempo sumergido donde giran los hijos arrancados, sombras de sal, recónditos caolines; los que se hundieron bajo las violetas funerales del humo, los que tragaron el desierto en llagas, perdidos en los dédalos del átomo y en sulfúreas galaxias divididos; los que yacen detrás dela sonrisa guardada para el día del retorno. ellos duermen mecidos y anudados por la ráfaga de ojos vigilantes, los siemprevivos que en la sombra bullen, las maternas semillas del castigo, huevos atroces de la primavera final, cuevas del rayo. Allí están sin dormirse, sin derrumbarse nunca, en el aliado corazón de la noche, y allí esperan. A sus pies, con herido centelleo pasa bramando el río de la leche, aúlla la encelada torrentera, y corre, corre, corre, ahíta de cabezas de verdugos, por la tiniebla sorda buscando entre gargantas escarpadas los deltas del infierno.