Casa de verano

Casa de verano

I ¿Era el viento de los vertederos o algo en el calor

que nos seguía los pasos, con el verano agriándose, y un nido pestilente incubando en algún lugar?

¿De quién era la culpa?, me preguntaba, inquisidor del aire poseído.

Para de pronto descubrir, al levantar la estera

que había larvas, moviéndose- e hirviendo, hirviendo, hirviendo.

II Mientras arreglo la puerta, con mis brazos repletos de cereza silvestre y rododendro, a través de la entrada escucho su perdido gimotear, que, carraspeando, tintinea mi nombre, una y otra vez.

Oh amor, he aquí la culpa.

Las flores sueltas entre nosotros se reúnen, componen una especie de altar del mes de mayo. Estos capullos francos y caídos se tiñen pronto del color de un dulce bálsamo.

Asiste. Unge la herida.

III Oh atendimos nuestras heridas con corrección bajo la dulzura hogareña

y yacemos como si la superficie fría de una hoja nos hubiese dejado sin aliento.

Postulo más y más curas gruesas, como ahora

cuando te doblas en la ducha el agua vive cayendo por la pila bautismal de tus pechos.

IV Con un definitivo impulso nada musical largos granos empiezan a abrirse y se separan

hacia adelante y de nuevo agotamos el blanco, pateado camino al corazón.

V Mis hijos lloran la calurosa noche extranjera. Caminamos por el suelo, mi boca podrida se desahoga contigo y yacemos rígidos hasta que el alba acude a la almohada, y al maíz, y la viña

que sostiene su plena carga hacia la luz. Las rocas de ayer cantaban cuando las golpeábamos estalactitas en las viejas cuevas, goteando oscuridad - nuestras llamadas de amor pequeñas como un diapasón.

De “Invernando” 1972 Versión de Vicente Forés y Jenaro Talens