Desde el balcón donde anochezco miro, devorado por oros y por llamas de suaves rojos, al poniente esclavo del exacto vivir, que le sentencia en preludio de vuelos fatigados, al eterno escapar en lumbre y lumbre, abriendo la mansión de la lechuza de socrático elixir poseída, cortejado de pinos y responsos. Hacia donde la noche alza su trono de profecía y rosas extasiadas en perenne rocío, sombra en la sombra de sus soledades. Tomando cuerpo y liberando el alma.
abril 1994