El émbolo brillante y engrasado embiste jubiloso la ranura y derrama su blanca quemadura más abrasante cuanto más pausado.
Un testigo fugaz y disfrazado ensaliva y escruta la abertura que el volumen dilata y que sutura su propia lava. Y en el ovalado
mercurio tangencial sobre la alfombra (la torre, embadurnada penetrando, chorreando de su miel, saliendo, entrando)
descifra el ideograma de la sombra: el pensamiento es ilusión: templando viene despacio la que no se nombra.