A Gerardo Mello-Mourão
El paso no, del Dios, sino la huella escrita entre las líneas de la piedra verdinegra y porosa. Aún la hiedra retiene las pisadas, aún destella
de su cuerpo el contorno sobre rojos sanguíneos o vinosos: en los vasos fragmentados, dispersos. No los pasos del dios, sino las huellas; no los ojos:
la mirada. Ni el texto, ni la trama de la voz, sino el mar que los decanta. En su tumba -las islas ideograma
de esa página móvil donde tanta frase, no bien grabada, se derrama-, sumergida, tu estatua ciega, canta.