Ni la voz precedida por el eco...

Ni la voz precedida por el eco…

Ni la voz precedida por el eco ni el reflejo voraz de los desnudos cuerpos en el azogue de los mudos cristales, sino el trazo escueto, seco:

las frutas en la mesa y el paisaje colonial. Cuando el tiempo de la siesta nos envolvía en lo denso de su oleaje, o en el rumor de su apagada fiesta,

cuando de uno en el otro se extinguía la sed, cuando avanzaba por la huerta la luz que el flaboyant enrojecía,

abríamos entonces la gran puerta al rumor insular del mediodía y a la puntual naturaleza muerta.