¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego te obliga a ser de ti fiera homicida? ¿O en qué te ofende tu inocente vida que así le das batalla a sangre y fuego?
Si la fortuna airada al justo ruego de tu esposo se muestra endurecida, bástale el mal de ver su acción perdida; no acabes, con tu vida, su sosiego.
Deja las brasas, Porcia, que mortales impaciente tu amor elegir quiere; no al fuego de tu amor el fuego iguales;
porque si bien de tu pasión se infiere, mal morirá a las brasas materiales quien a las llamas del amor no muere.