En este nido furtivo en que nos encontramos los dos solos, ¡oh alma querida, cuán agradable es olvidarse de los hombres estando tan cerca de ellos!
Para que la hora que huye vaya más lentamente, para gozar de ella no es necesaria una alegría ruidosa. Hablemos quedo. Temamos acelerarla con un gesto, con una palabra, incluso con un soplo. Es tan celeste, que hemos de procurar no perder uno solo de sus momentos.
Para sentirla bien nuestra, para que no se gaste, estrechémonos el uno contra el otro sin movernos. Sin levantar siquiera los párpados, imitemos el casto reposo de esos viejos castellanos de piedra, de ojos cerrados, cuyos cuerpos inmóviles y vestidos de pies a cabeza se han callado en el mausoleo, lejos de sus almas, que emprendieron el vuelo.
Dormitemos gravemente como ellos, en una alianza más sublime que las uniones terrenales. Porque para nosotros pasaron ya los ardores del amor joven que puede terminar. Nuestros corazones ya no necesitan labios para unirse, ni palabras solemnes para transformar el culto en deber, ni espejismo de las pupilas para verse.
No me obligues a jurar de nuevo que te amo, no me obligues a decirte cuánto otra vez. Gocemos de la felicidad, aunque sea sin juramentos. Saboreemos la ternura que diviniza los dolores en lo que nuestras lágrimas nos dicen silenciosamente.
Amada, en este inefable remanso se adormece hechizado el deseo y se sueña en el amor como se sueña en la muerte. Parece que se siente el fin del mundo. El universo parece zozobrar o hundirse en una caída suave y profunda.
El alma se aligera de sus cargas por la inmensa huida de todo lo existente, y la memoria se funde como si fuera de nieve. En torno nuestro parece aniquilada toda la vida ardiente y triste. Para nosotros ya no existe nada; nada mas que el amor.
Amemos en paz. La noche es lóbrega y el pálido fulgor de la antorcha se va extinguiendo. Pudiéramos creemos en la tumba. Dejémonos sumergir en los fúnebres mares y adormecer por sus tinieblas como después del último suspiro…
¿No es cierto que hace mucho tiempo estamos juntos bajo tierra? Escucha cómo los pasos estremecen el suelo encima de nosotros. Mira desaparecer a lo lejos las innúmeras noches del pasado como una sombría bandada de cuervos que huyen hacia el Norte, y disminuir a lo lejos la blancura de los viejos días, como una inmensa nube de cigüeñas ¡que nunca han de volver!
¡Qué extraña y dulce es la velada de nuestros corazones lejos de la esfera llena de sol cuyos rigores hemos soportado! Ya no sé qué aventura apagó antaño nuestros ojos, ni desde cuándo ni en qué cielo transcurre nuestro éxtasis.
Las cosas de la antigua vida han huido por completo de mi memoria; pero, en todo lo que alcanzan mis recuerdos, siempre te he amado. ¿Qué ser bienhechor hizo erigir este lecho? ¿Qué himeneo dejó para siempre tu mano en mi mano? Pero no importa, amada mía. Durmamos bajo nuestros ligeros sudarios, solos al fin por toda la feliz eternidad.
Versión de Max Grillo