“…Mal vestido y triste, voy caminando por la calle vieja”. A. Machado
Y yo te acompaño. Voy contigo. Hablamos. No nos separa nada: ni distancia, ni sexos. Vamos del brazo juntos, caminando como dos compañeros. A veces te detienes. Levantas la cabeza. Miras, sin ver, el cielo. Y es como una cascada de luz sobre mis hombros tu silencio. Sonríes contemplando la inmensa soledad del campo abierto, y dices algo hermoso sobre el río, los álamos, el pueblo…
Desdén
Después de todo, tú no me haces falta. Al fin, ¿quién eres tú? Nervios y sangre, carne que ha de podrirse en el sepulcro; un puñado de polvo solamente.
Si he de morir después de haberte amado ¿la muerte me será más llevadera? ¿Qué haré en la tumba con tus dulces besos temblándome en la boca descarnada?
¿Podré seguir soñando? ¿Habrás de darme nueva vida quizá? ¡Eres tan poco! Nada importa que alientes si algún día has de dejar de ser. Hoy eres fuerte.
Mañana jugará un niño en el campo con tus huesos antiguos, destruidos. ¿Para qué un alma que no tienes, que no tendrás jamás? ¡No me haces falta!
Voy recogiendo pálidas estrellas, hierba estelar con que formar mi tumba. Allá, en las sombras, tú estarás inmóvil. ¡Mas yo me agitaré en las margaritas!
Deseo
Ayúdame. Estoy ciega. Mi sed me ciega. Cúbreme. Estoy desnuda. Abre las puertas de mi reino. Esclavo mío, asume tu importancia, dame tu ley.
Exijo tu fuerza. ¡Ámame!
La tierra, el viento, el fuego, el mar con su oleaje…. ¿Qué importa, di, qué importa? Me bebo el Universo en tus labios, amante.