Si tú eres la montaña, yo soy la flor, el aire, la llanura, la fuente limpia y pura, el río que te baña, la hondonada, la cubre y el paisaje; el zafiro del cielo y la nube de encaje. Todo y nada.
Tú eres lo duradero, lo que persiste y queda, la verdad de las cosas. Yo soy como las rosas. Doy mi perfume y muero. Tú eres el titán que a fuerza de constancia perforaste las rocas. Yo soy una de esas vírgenes locas que nunca saben donde van.
Inconstante y alada, tan pronto rozo estrellas como me mancha el lodo. Lo quiero siempre todo, y nunca tengo nada. Sí; tú eres el más fuerte y el más bueno quizás. Tú sabes dónde vas. Yo sólo voy donde quiere la suerte.
Nos encontramos un extraño día. Tú el hierro; y la luz. y nos unimos en una misma cruz de poesía. Si tú eres la montaña que aguarda sin temor el vendaval, yo soy la fuente de cristal que florece en su extraña.
Y no puedes conmigo, valeroso y profundo monte del Himalaya. Para no sucumbir, necesitas que vaya a sembrar en ti mi trigo.
Diciembre
Si un día rompo a cantar, todo cantará conmigo.
Esta mudez de los campos se rasgará con mi grito.
Las nubes vagan sin prisa desnudándome el camino.
¡Qué desolado horizonte en este mes de los fríos!
Hay un revuelo de escarcha sobre los jóvenes pinos.
Diciembre levanta un cáliz de pájaros en exilio.
Yo dormida, voy soñando dulces lares encendidos…
El hijo
¿Quién eras antes, dime? ¿Un ángel? ¿Un príncipe de cuento? ¿Tal vez un dios? ¿O un pájaro? ¿O un álamo esbelto? ¿Quién eras? ¿Un claro arroyo cruzando un verde bosque de abetos? ¿El capullo de un jardín?¿ Un pedazo de viento? ¿Quién eras antes, dime? ¿Por qué diste a mi vida tanto deslumbramiento? Me basta con tocarte para que se me apacigüe el pensamiento. Y me basta con verte para sentirme a gusto con mi cuerpo. ¿Quién eras, dime?¡Oh mago de mi ser descontento! Con tu varita mágica me vas cambiando los sueños, me vas cambiando la vida… ¡Ya no me quejo!
El viento
Todo ha vuelto a quedarse quieto todo en su sitio y en reposo. Va navegando por los días la barca triste del otoño.
Fue allá, por la primavera… Era un mundo maravilloso. Tú llevabas el Universo metido dentro de los ojos.
Te vi llegar como se mira todo lo extraño y misterioso. Sentí lo mismo que si un viento me sacudiera por los hombros.
Luego partiste… Fue un segundo. Mi corazón se quedó solo. Ahora miro pasar la vida como un reguero sobre el polvo.
Enamorada
Hiéreme. No me importa. Duéleme en todo lo mío; en mi sangre y mi alma, en mi corazón y en mis pensamientos. Dame un hondo dolor si no puedes darme un perdurable gozo. ¡Está en mí como sea! Mi vida va bordeando tus orillas como un río profundo, como un río sin nacimiento y sin muerte, dilatado en tus márgenes, sujeto al cauce que le des…
Eternidad
Yo sé que estaba entonces cuando nada existía… Estaba allí, en las sombras de un valle solitario donde aún no fluía la música del agua. Mi desnudez se alzaba sobre el vago paisaje como un grito de auxilio en el mortal vacío. Fueron mis senos las primeras flores, y mi vientre la almohada de la vida; nacieron de mis ojos las estrellas y mi mano encendió la viva antorcha de la continuidad. Bestias y plantas latían a la vez en mis arterias. Avanzaba insegura entre las sombras y a mi paso las tierras florecían….
¡Ya ves si es vieja el alma que te busca! ¡Qué corte de milenios la acompaña! Presencié la erupción de los volcanes, el duro nacimiento de los montes; vi marchitarse inmensos vegetales que ya no conocieron los humanos. Y hundida en las tinieblas inauditas, escuché los aullidos de los monstruos que mataban la luz a cuchilladas.
Heme aquí, tan antigua como el mundo, con este amor nacido de mi frente, con esta enorme sed que no he saciado. No me exijas virginidad alguna. Allá, en aquel silencio pavoroso, la Vida me violó bárbaramente… Manchada estoy por la humedad del musgo, por la tierra y el fuego y la lascivia milagrosa del aire. Si me quieres, tómame fecundada por los sueños, preñada por la gracia de los siglos.
Hace mucho tiempo…
A Carmen Conde
Hace mucho tiempo: ayer. -¡Qué palabra, ayer, más lejana!- Ayer había pájaros por todos los rincones del cielo, era primavera en las calles, y también era primavera aquí, en mi piel, debajo del vestido, debajo de los encajes de mi enagua. Sí, yo sentía la primavera como se siente el primer dolor del parto, el primer beso en la boca, la primera deserción de un amigo. Pero luego todo eso pasó. Me acostumbré a ser dañada y poseída, a renunciar y a equivocarme. Me acostumbré a ser una mujer indiferente y discreta, que apenas permite que le suban a los labios los tumultos del corazón. Digo: «Buenos días», sonrío al vecino, tengo amigos plácidos que no me comprenden, y envejezco un poco todas las mañanas… Me miro al espejo, me encojo de hombros. ¿Soy yo? ¡Qué me importa! Va la primavera lejana por valles, por montes azules… Va la primavera -¡quién lo sabe!- lejos. Yo ya no la siento. Yo estoy como muerta.
He cambiado todas mis rosas por un lugar cerca del fuego…
He cambiado todas mis rosas por un lugar cerca del fuego, por el sosiego de mi alma la negra seda de mi pelo, he vendido mis esperanzas por un puñado de recuerdos, mi corazón por un reloj que sólo cuenta el tiempo muerto, mi última moneda de oro se la di de limosna al viento, ahora ya no me queda nada, desnuda estoy como el desierto, un oasis de mansedumbre está brotándome en el pecho.
He soñado contigo…
He soñado contigo sin saber que soñaba…
En la gran chimenea crepitaban las llamas, la tarde se moría detrás de la ventana.
Te he visto en mis ensueños como un blanco fantasma, alto junco ceñido al aire de mi alma.
Te he visto ennoblecido por estrellas lejanas, turbado por la fiebre de mi propia nostalgia.
Sobre la alfombra, quieta, te sueño arrodillada. Te sueño como a un Príncipe de los cuentos de Hadas, como a un vikingo rubio con escudo de plata.
¡Qué bien quererte mucho hasta quedar exhausta! ¡Qué bien sentirme siempre, –¡Dios mío!– enamorada! Me da miedo el vacío que me queda en el alma, el frío que me hiela cuando el hechizo pasa.
Yo quiero amarte mucho, con un amor sin pausa, con un amor sin término, como los dioses aman, como los astros, como las bestias y las plantas.
Siento celos del leño que acaricia la llama… ¡Igual me abrasaría si tu me acariciaras!
Indolencia
¡No me digáis que sigo siendo una pobre mujer equivocada! Lo sé. y sé más cosas todavía. Sé que he soñado tanto que convertí en inútiles las más puras verdades; sé que inventé yo misma los más altos obstáculos; sé que la vida era otra cosa, ¡y entonces ya lo sabía! Pero una nace a veces así, torpe y desmesuradamente triste, y todo cuanto toca se le va convirtiendo en cenizas. Porque yo tuve dieciséis años y aspiré a ser como un dios en la tierra. Aspiré a dignificar a los hombres, a enorgullecerme de mí misma. Pero, ¡ya pasó! Todo cuanto vosotros podáis echarme en cara, hace mucho que yo me lo vengo repitiendo. Extranjera en el mundo, he contemplado la dicha de los otros con una desesperada indiferencia. Pero ya nada importa nada. Aquí sigo en mi puesto, con mi adolescente actitud de ávido hastío, con mi lamentable corazón de muchacha apasionadamente muerto. ¿Qué más da sentirse desdichada si apenas queda tiempo de llorarse? Es tarde para rectificar toda una vida y, además, ya lo sabéis, soy indolente…
La campesina
Venías de la fuente, en la cadera el cántaro apoyado sembrando su líquido tesoro sobre el mísero polvo de los campos.
Venías de la fuente, sucia de labor y besos de muchacho. El seno te latía dulcemente, como un pequeño pájaro.
Venías de la fuente, el pelo hirsuto al aire, despeinado, llena de risa aún y desbordante lo mismo que tu cántaro.
Allí quedaba el mozo, amante de un minuto, bajo el álamo. Y volvías los ojos gozadores una vez y otra vez, a cada paso.
Te vi venir sin prisa desde el zaguán oscuro y sosegado…. -Como un corcel de fuego sacudía sus crines el verano-.
Cruzaste lentamente, sin verme, por mi lado. Dejabas un perfume a joven gozo, a besos, a tu paso.
Te siguieron mis ojos calle arriba -cargada con tu cántaro, cargada con tu cuerpo jubiloso-, con unos celos lánguidos….
La meta
He cambiado todas mis rosas por un lugar cerca del fuego.
Por el sosiego de mi alma, la negra seda de mi pelo.
He vendido mis esperanzas por un puñado de recuerdos.
Mi corazón por un reloj que sólo cuenta el tiempo muerto.
Mi última moneda de oro se la di de limosna al viento.
Ahora ya no me queda nada. Desnuda estoy como el desierto.
Un oasis de mansedumbre está brotándome en el pecho.
La pasión desvelada
Dame tu voz antigua en cuyo acento escucho el rumor de los bosques primitivos, el canto misterioso de los seres selváticos, el grito de agonía de la primera virgen violada. Dame tu voz antigua donde yo reconozco mi propia voz extinguida, aquella que cantaba hace milenios en las frondosas selvas sin historia, aquella que sonaba en el murmullo de las límpidas fuentes intocadas.
Yo fui una gota de agua, o un pájaro aturdido cruzando el aire nuevo de la aurora del mundo; acaso un pez de oro sobre cuyas escamas probó el sol la dorada destreza de sus rayos. Mas era ya la misma doliente criatura que ahora soy, consumida de sueños y tristezas, en el ardiente caos del Paraíso, con los ojos abiertos al secreto de Dios.
Es tu voz el puente por donde regreso, milenios y milenios traspasando, a mi libre existencia de agua fresca, de verde candidez. Mi carne gime escuchando tu voz como si oyera la llamada lejana y misteriosa de las tribus sin nombre. Rituales de sangre y fuego en el brutal nocturno, aullidos fugitivos y, en la hierba, mi cuerpo -¿de mujer?, ¿de reptil?, ¿de insecto?- hollado por la bárbara dulzura de la pasión del mundo.
La tristeza
No es el dolor de los amores incumplidos ni los ideales deshechos. No es tan siquiera la melancolía de envejecer. Es algo más tremendo y más grande, algo que crece dentro de mÍ, tal vez en el tuétano de los huesos y que, acaso, se llame vida. Porque vivir es triste: vivir es una daga que se lleva clavada en la sangre. Me duele abrir los ojos todas las mañanas y encararme con las cosas que conozco y no entiendo.
Me duele dormirme todas las noches y no haberme respondido a nada. ¡Porque nada tiene respuesta! He dado un hijo al mundo y este hijo me pesa en la conciencia, porque lo he creado para la muerte y el dolor. Sus jóvenes miembros perecerán un día, se secará su risa como las viejas fuentes de la montaña. ¡Un cuerpo tan hermoso, un corazón tan puro!
No puedo sentir conformidad. Hay en mi corazón un rebelde brote que me aflige. ¡Llámense dichosos ellos! Yo no. Cuando hundo el rostro entre las manos, no lloro por un dolor concreto. La voz humana no podrá consolarme jamás porque ignora la palabra justa. Tal vez Dios la pronunciará algún día. Dirá: “Levántate”. Y yo ascenderé hasta el límite del hombre, más allá de sus pasiones sencillas y bárbaras. Ascenderé hasta el ángel y la estrella, hasta la celeste sandalia del Creador. Y sentiré en mi pecho la resurrección de los antiguos privilegios humanos; el privilegio de la ternura y de la paz, de la piedad y de la alegría. Porque yo sólo he contemplado en torno mío odios y guerras fratricidas, hipócritas mendigos que cubren sus harapos con regios mantos de virtud, niños hambrientos y descalzos, prostitutas; hombres enriquecidos en criminal comercio, ¡miseria en todas partes! siglo amargo mi siglo para gozar del mundo, amar la primavera, vestir los blancos ropajes de la felicidad. ¡Un luto eterno bajo la piel! Un luto eterno para los que murieron torturados en las guerras, para los que perdieron sus hijos y su hogar, para los desterrados y los tristes que todavía no han hallado el camino del regreso.
Oscuro amor… Tu muerte es ya mi muerte…
Oscuro amor… Tu muerte es ya mi muerte. Más allá de este mar, ¿qué extraña orilla cobijará mi náufraga tristeza? Me evadiré del viento que transita en mi sangre, sacudiré mis lágrimas como las largas crines de un caballo salvaje. Quiero partir contigo, sin mí, por los senderos extraños y remotos por donde vas a ciegas, tropezando. Te seguiré sin lástima y sin gloria, mendiga de unos ojos, de una voz, de una mano cercenada en el umbral del sueño…
Te seguiré hasta allí donde tú acabas para acabar contigo.
Pasión
¡Este oleaje denso de la sangre, marca oscura y terrible! No amor. Ansia de besar la tierra, los árboles, el aire. Acaríciame… Soy una música callada, misteriosa y bellísima. Acaríciame…. El mundo se llenará de sonidos vibrantes, de un hondo rumor de caracolas. ¡Ah, esta sed! no quiero más que morirme, dejar mi cuerpo atrás, destruido, harapiento. ¡No quiero más que morirme! ¿Qué es una mujer desnuda? Una ola, un bloque de mármol, un puñado de tierra, un cráter para mirar el infierno.
Primavera
¡Ay, qué desconcierto estar aquí, sin amor! Tiembla la primavera en cada miembro mío; el aire engarza pájaros, las nubes se desposan como un príncipe rubio que las viste de oro; un vegetal desmayo desnuda a las doncellas, desnuda a las acacias… ¡Yo aquí, sin amor! Mar de alhelíes, de fresca y limpia yerba; mar de jóvenes cosas: pájaros, niños, árboles… ¡Qué oleaje de flores sobre los claros días! Y yo aquí, sin amor. Los ojos llenos de verdes resplandores, el corazón latiéndome dulce, tibio, asequible, claudicante, los labios entreabiertos para beber el aire, para beber las flores, para beber la vida.
¡Amor! ¡Qué bien se dice! ¡Qué nombre más hermoso! Decirlo dulcemente, clavarlo como un dardo finísimo al oído: ¡Amor…! -Mejor que el beso, la palabra caliente, mejor que la caricia: Amor… -tan delicada que, al decirla, la lengua se desnuda, se perfuman los labios y el corazón estalla como un botón de rosa.
Amor, ¡tú gobernando; tú creando la vida¡ Amor, ¡Y yo aquí, tan sola como un pozo de agua!
Sed
¿Por qué esta voz antigua desvelada y ardiente que me sube a los labios cuando quiero cantarte? ¿Por qué he de buscar el viejo acento griego para decirte que te amo?
Daré mi voz al río que mece tu existencia, al viento delicado que orea tu ignorancia. Quizás ella consiga huracanar tu sangre en férvida borrasca de deseos y te arrebate al sobrio mundo tuyo para clavarte vivo en mi locura.
Tú jamás me miraste con tus ojos humanos. Ignoras todavía que soy morena y pálida que tengo un ritmo arcaico de danzarina ibera. Desconoces mi sueño fabuloso y magnífico, la sed que como un nudo me ciñe la garganta. Estás ciego a mi gracia, sordo al supremo canto que para ti concibo.
¡Ah, déjame quererte con toda la potencia de mi sangre mezclada y generosa! ¡Por mis antepasados helénicos y hebreos, por aquellos latinos celtíberos que me dieron su sangre, bien merezco que gustes de besarme la boca!
Sola estoy en la selva de mi mortal fatiga, exhausta de esperarte. ¡Dime qué mal sin nombre me acongoja la vida!, ¡dime qué fuego es éste que tú enciendes en mí, como un reguero de sol desde mi nuca a mis rodillas! ¿Es para siempre ya mi amor? ¿acaso te irás de mí como se van los sueños, los pájaros, los días?
Me quisiera morir prieta a tu cuerpo, ceñida por tu brazo duro y joven, abrasada de sed y respirando tu olor a varón limpio y admirable.
Si mi amor es tan cauto que, a buscarte…
Si mi amor es tan cauto que, a buscarte, prefiere aguardar en la sombra tu primera llamada, si mi tímido anhelo sabe apenas decirte con torpe lengua el verso que me dicta la sangre.
Si no sé darle nombre a esta hoguera en que vivo, ni logro desprenderme de mis cansados credos, y ahuyento entristecida los rápidos corceles que habrían de llevarme a tu sueño, a tus labios…
Si soy así, tan pobre, con mi cuerpo encendido, encarcelado al vago fantasma de mi miedo, el alma hecha jirones, batiendo sobre ella, los pecados del mundo, tercamente, uno a uno…
Ven tú que desafías leyes, prejuicios, miedos; tú, que llevas la vida sobre los hombros, ancha, tú que arrasas montañas, que desnucas el mundo con tu fuerza de macho sin fronteras ni angustias.
Lo mismo que las otras, yo te estoy esperando. Sellada está mi boca; sellada mi ternura. -¡Oh Dios, cómo rebosa este fuego, esta llama!- Rompe tú todo sello, desgarra, libra, entra.
Tierra
No importa. No eres tú quien me daña… Soy un puñado de tierra que pisa tu pie ligero, algo que te sustenta y que apenas conoces, algo que acaso nunca comprenderás del todo.
No importa. ¡No eres tú quien me daña! Me hicieron campo de lucha para tu sangre joven campo para morir y para erguirte como un árbol gozoso de ti mismo.
Por todos mis caminos me recorres hiriéndome, sangrándome… ¡No importa! Me alimento en el daño que me haces, ¡me alimento en el daño!
Tú
Cuando esté muerta y mi ignorada tumba pisoteada sea por mil generaciones y apenas de mi nombre quede un borroso trazo sobre la fría losa que me cubra.
Cuando se haya perdido hasta el recuerdo de la dulce belleza de mi raza y las jóvenes que amen ignoren que antes que ellas amé…
Cuando ya nadie exista que evoque mi fantasma, que cante a media voz mis versos… dime, ¿me seguirás amando tú, oh, perfecto, oh, amante, sin posible muerte, vivo hasta el fin de todo lo creado? Por dónde he de vagar yo en mi profundo vacío involuntario, ¿habré de hallarte?
¿Qué será de mi Ser si he de perderte como al mar, como al sol, como a los pájaros?
Umbral
Cándidamente azul. Aún no he nacido. Ciñe el aire mis muslos. Soy de aire. El mar me sabe. Sal, vela y espuma. dibujan mi contorno en el paisaje.
Me traspasa la luz. No me conozco. Soy apenas un soplo de la tarde. El sexo yace en paz, el alma duerme, no tengo voz y Dios está distante.
Navego por los cielos castamente con las alas al viento como un ángel. Pequeña llama, apenas un chispazo. mi corazón no existe, pero arde.