Dame tu voz antigua en cuyo acento escucho el rumor de los bosques primitivos, el canto misterioso de los seres selváticos, el grito de agonía de la primera virgen violada. Dame tu voz antigua donde yo reconozco mi propia voz extinguida, aquella que cantaba hace milenios en las frondosas selvas sin historia, aquella que sonaba en el murmullo de las límpidas fuentes intocadas.
Yo fui una gota de agua, o un pájaro aturdido cruzando el aire nuevo de la aurora del mundo; acaso un pez de oro sobre cuyas escamas probó el sol la dorada destreza de sus rayos. Mas era ya la misma doliente criatura que ahora soy, consumida de sueños y tristezas, en el ardiente caos del Paraíso, con los ojos abiertos al secreto de Dios.
Es tu voz el puente por donde regreso, milenios y milenios traspasando, a mi libre existencia de agua fresca, de verde candidez. Mi carne gime escuchando tu voz como si oyera la llamada lejana y misteriosa de las tribus sin nombre. Rituales de sangre y fuego en el brutal nocturno, aullidos fugitivos y, en la hierba, mi cuerpo -¿de mujer?, ¿de reptil?, ¿de insecto?- hollado por la bárbara dulzura de la pasión del mundo.