La tristeza

La tristeza

No es el dolor de los amores incumplidos ni los ideales deshechos. No es tan siquiera la melancolía de envejecer. Es algo más tremendo y más grande, algo que crece dentro de mÍ, tal vez en el tuétano de los huesos y que, acaso, se llame vida. Porque vivir es triste: vivir es una daga que se lleva clavada en la sangre. Me duele abrir los ojos todas las mañanas y encararme con las cosas que conozco y no entiendo.

Me duele dormirme todas las noches y no haberme respondido a nada. ¡Porque nada tiene respuesta! He dado un hijo al mundo y este hijo me pesa en la conciencia, porque lo he creado para la muerte y el dolor. Sus jóvenes miembros perecerán un día, se secará su risa como las viejas fuentes de la montaña. ¡Un cuerpo tan hermoso, un corazón tan puro!

No puedo sentir conformidad. Hay en mi corazón un rebelde brote que me aflige. ¡Llámense dichosos ellos! Yo no. Cuando hundo el rostro entre las manos, no lloro por un dolor concreto. La voz humana no podrá consolarme jamás porque ignora la palabra justa. Tal vez Dios la pronunciará algún día. Dirá: “Levántate”. Y yo ascenderé hasta el límite del hombre, más allá de sus pasiones sencillas y bárbaras. Ascenderé hasta el ángel y la estrella, hasta la celeste sandalia del Creador. Y sentiré en mi pecho la resurrección de los antiguos privilegios humanos; el privilegio de la ternura y de la paz, de la piedad y de la alegría. Porque yo sólo he contemplado en torno mío odios y guerras fratricidas, hipócritas mendigos que cubren sus harapos con regios mantos de virtud, niños hambrientos y descalzos, prostitutas; hombres enriquecidos en criminal comercio, ¡miseria en todas partes! siglo amargo mi siglo para gozar del mundo, amar la primavera, vestir los blancos ropajes de la felicidad. ¡Un luto eterno bajo la piel! Un luto eterno para los que murieron torturados en las guerras, para los que perdieron sus hijos y su hogar, para los desterrados y los tristes que todavía no han hallado el camino del regreso.