Reloj de bolsillo, bien tictaqueo. Las calles, reptíleas rendijas, a plomo, con huecos donde esconderse. La mejor cita, un callejón sin salida,
un palacio de terciopelo con ventanas de espejos. Allí se está segura, sin fotos familiares,
sin anillos nasales, sin gritos. Relucientes anzuelos, sonrisas de mujeres hambrean mi volumen y yo, elegantona con mis calzas negras,
desmenuzo pechos como medusas. Para nutrir violonchélicos gemidos como huevos: huevos y pescado, lo básico,
el calamar afrodisíaco. Mi boca ríndese, la boca de Cristo cuando mi motor llegue a su fin.
El charloteo de mis articulaciones doradas, mi forma de convertir perras en pizzicatos argentinos desenrolla una alfombra, un silencio.
Y no hay fin, no tiene fin. Nunca envejeceré. Ostras nuevas estriden en el mar y yo reluzco como Fontainebleau
contenta, toda la cascada un ojo sobre cuya agua tiernamente inclínome y véome.