No es noche ésta de ahogarse: luna llena, reacio río bajo luz suave,
acuosas nieblas bajan tupidas como redes cuyos dueños reposan,
traduciéndose en vidrio lúcido mientras flotan las torres del castillo
hacia mí hiriendo el rostro del silencio. Ascienden sus miembros poderosos
y álgidos, pelo grave más que mármol, y cantan de un mundo más amable
que ninguno. Estos cantos, hermanas, sobrepasan al oído gastado
que aquí, en el campo, escucha bajo el orden impuesto. La armonía caduca el orden que vosotras sitiáis con vuestras voces. Vivís entre las rocas
de oníricas promesas de refugio. De día bajáis de la pereza,
de altas ventanas. Peor que vuestro enloquecido canto o mudez. La voz
de vuestro fondo llama: embriaguez del abismo. Oh río, veo tu larga
y honda línea argentina, esas diosas de paz. Piedra, piedra, me abismas.