Últimas palabras

Últimas palabras

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago de atigradas listas y un rostro pintado, redondo como la luna, que mire, quiero estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo entre minerales mudos, raíces. Véolos ya: los pálidos, astralmente distantes rostros. Ahora no son nada, no son siquiera criaturas. Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses, de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia ¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar! Mi espejo se empaña: unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada. Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños, por la boca o los ojos. No puedo impedírselo. Un día se irá para no volver. Así no son las cosas. Permanecen, sus luces idóneas se calientan en mis manos frecuentes. Ronronean casi. Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules, mi turquesa, me darán solaz. Déjame mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites, que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes. Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón bajo mis pies, bien envuelto. Conoceréme a mí misma. Seré noche y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.