Viuda. Palabra que se autoconsume: cuerpo, hoja de periódico en el fuego, por el aire un instante sostenida sobre la geografía roja y cálida que arrancará su corazón cual ojo.
Viuda. Sílaba muerta, con su sombra de un eco, abre el resorte en el tabique del pasado secreto: aire gastado, recuerdos fétidos, escalinatas mecánicas que a ningún sitio conducen…
Viuda. La amarga araña se sienta en el centro de sus ejes resecos. La muerte es su vestido, gorro, cuello. El rostro del marido, blanco, inválido, la cerca como a presa que con gusto
de nuevo mataría, verle cerca cual rostro de papel contra su pecho, como sus cartas conservar solía tornándolas piel nueva, viva y cálida, pero ahora ella es papel, y fría siempre.
Viuda: ¡estado vacío y grande! Llena de aire traidor está la voz divina, los arduos astros fáciles promete, y el espacio inmortal entre los astros, no cadáveres, flechas hacia el cielo.
Viuda, inclínanse árboles piadosos, árboles de dolor y soledades. Como sombras en torno al verde campo o incluso como bocas negras ciérnense. La viuda les semeja, es una sombra.
Las manos bien cogidas, nada en ellas. Alma sin cuerpo que otra alma pide en este aire sereno y no lo nota: un alma frágil como el humo entra en otra sin saber por dónde pasa.
Es éste su temor: es el temor de que su alma late aún y late sorda como el ángel mariano, cual paloma contra un cristal a todo ciega, menos al hueco hoyo que mira y mirar debe.