Cierto galán a quien París aclama, petimetre del gusto más extraño, que cuarenta vestidos muda al año y el oro y plata sin temor derrama,
celebrando los días de su dama, unas hebillas estrenó de estaño, sólo para probar con este engaño lo seguro que estaba de su fama.
«¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!», dijo la dama, «¡viva el gusto y numen del petimetre en todo primoroso!»
Y ahora digo yo: «Llene un volumen de disparates un autor famoso, y si no le alabaren, que me emplumen.»
El sombrerero
A los pies de un devoto franciscano se postró un penitente.-Diga, hermano: ¿qué oficio tiene?-Padre, sombrerero. -¿ y qué estado?-Soltero. -¿ Y cuál es su pecado dominante? -Visitar una moza. -¿Con frecuencia? -Padre mío, bastante. -¿Cada mes?-Mucho más.-¿Cada semana? -Aun todavía más-. ¡Ya! ¿Cotidiana? -Hago dos mil propósitos sinceros, pero Explíquese, hermano, claramente: ¿dos veces cada día? -Justamente. -¿Pues cuándo diablos hace los sombreros?