Hubo un rico en Madrid (y aun dicen que era más necio que rico>, cuya casa magnífica adornaban muebles exquisitos.
«¡Lástima que en vivienda tan preciosa», le dijo un amigo, «falte una librería!, bello adorno, útil y preciso.» Cierto», responde el otro. «Que esa idea no me haya ocurrido!… A tiempo estamos. El salón del Norte a este fin destino. Que venga el ebanista y haga estantes capaces, pulidos, a toda costa. Luego trataremos de comprar los libros.
Ya tenernos estantes. Pues, ahora», el buen hombre dijo, «¡echarme yo a buscar doce mil tomos! ¡No es mal ejercicio! Perderé la chaveta, saldrán caros, y es obra de un siglo… Pero ¿no era mejor ponerlos todos de cartón fingidos? Ya se ve: ¿por qué no? Para estos casos tengo yo un pintorcillo que escriba buenos rótulos e imite pasta y pergamino. Manos a la labor.»
Libros curiosos modernos y antiguos mandó pintar, y a más de los impresos, varios manuscritos. El bendito señor repasó tanto sus tomos postizos que, aprendiendo los rótulos de muchos, se creyó erudito. Pues ¿qué mas quieren los que sólo estudian títulos de libros, si con fingirlos de cartón pintado les sirven lo mismo?
El té y la salvia
El té, viniendo del imperio chino, se encontró con la salvia en el camino.
Ella le dijo: «Adónde vas, compadre?» «A Europa voy, comadre, donde sé que me compran a buen precio.» «Yo», respondió la salvia, «voy a China, que allá con sumo aprecio me reciben por gusto y medicina. En Europa me tratan de salvaje, y jamás he podido hacer fortuna. Anda con Dios. No perderás el viaje, pues no hay nación alguna que a todo lo extranjero no dé con gusto aplausos y dinero».
La salvia me perdone, que al comercio su máxima se opone. Si hablase del comercio literario, yo no defendería lo contrario, porque en él para algunos es un vicio lo que es en general un beneficio; y español que tal vez recitaría quinientos versos de Boileau y el Tasso, puede ser que no sepa todavía en qué lenguas los hizo Garcilaso.
Extensión y fama del oficio de puta
No te quejes, ¡oh, Nise!, de tu estado aunque te llamen puta a boca llena, que puta ha sido mucha gente buena y millones de putas han reinado.
Dido fue puta de un audaz soldado y Cleopatra a ser puta se condena y el nombre de Lucrecia, que resuena, no es tan honesto como se ha pensado;
esa de Rusia emperatriz famosa que fue de los virotes centinela, entre más de dos mil murió orgullosa;
y, pues todas lo dan tan sin cautela, haz tú lo mismo, Nise vergonzosa; que aquesto de honra y virgo es bagatela.
La abeja y el cuclillo
Saliendo del colmenar, dijo al Cuclillo la Abeja: «Calla, porque no me deja tu ingrata voz trabajar. No hay ave tan fastidiosa en el cantar como tú: cucú, cucú y más cucú, y sempre una misma cosa»
«¿Te cansa mi canto igual? (el Cuclillo respondió). Pues a fe que no hallo yo variedad en tu panal. Y pues que del propio modo fabricas uno que ciento, si yo nada nuevo invento, en ti es viejísimo todo.» A esto la abeja replica:
«En otra de utilidad, la falta de variedad no es lo que más perjudica; pero en obra destinada sólo al gusto y diversión, si no es varia la invención, todo lo demás es nada.»
La primavera
Ya alegra la campiña la fresca primavera; el bosque y la pradera renuevan su verdor. Con silbo de las ramas los árboles vecinos acompañan los trinos del dulce ruiseñor. Este es el tiempo, Silvio, el tiempo del amor.
Escucha cual susurra el arroyuelo manso; al sueño y al descanso convida su rumor. ¡Qué amena está la orilla! ¡Qué clara la corriente! ¿Cuándo exhaló el ambiente más delicioso olor? Este es el tiempo, Silvio, el tiempo del amor.
Más bulla y más temprana alumbra ya la aurora; el sol los campos dora con otro resplandor. Desnúdanse los montes del duro y triste hielo, y vístese ya el cielo de más vario color. Este es el tiempo, Silvio, el tiempo del amor.
Las aves se enamoran, los peces, los ganados, y aun se aman enlazados el árbol y la flor. Naturaleza toda, cobrando nueva vida, aplaude la venida de mayo bienhechor. Este es el tiempo, Silvio, el tiempo del amor.
Los dos conejos
No debemos detenernos en cuestiones frívolas, olvidando el asunto principal.
Por entre unas matas, seguido de perros (no diré corría), volaba un conejo.
De su madriguera salió un compañero, y le dijo: «Tente, amigo, ¿qué es esto?».
«¿Qué ha de ser? -responde: -sin aliento llego… Dos pícaros galgos me vienen siguiendo.”
«Sí -replica el otro, -por allí los veo…, pero no son galgos.» «¿Pues qué son?” «Podencos.»
«¿Qué? ¿Podencos dices?» «Sí, como mi abuelo.» «Galgos y muy galgos, bien vistos los tengo.»
«Son podencos: vaya, que no entiendes de eso.» «Son galgos te digo.» «Digo que podencos.»
En esta disputa, llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos.
Los que por cuestiones de poco momento dejan lo que importa llévense este ejemplo.
Los loros y la cotorra
De Santo Domingo trajo dos loros una señora. La isla en parte es francesa, y en otra parte española.
Así, cada animalito hablaba distinto idioma. Pusiéronlos al balcón, y aquello era Babilonia.
De francés y castellano hicieron tal pepitoria, que al cabo ya no sabían hablar ni una lengua ni otra.
El francés del español tomó voces, aunque pocas; el español al francés casi se las toma todas.
Manda el ama separarlos, y el francés luego reforma las palabras que aprendió de lengua que no es de moda.
El español, al contrario, no olvida la jerigonza, y aun discurre que con ella ilustra su lengua propia.
Llegó a pedir en francés los garbanzos de la olla, y desde el balcón de enfrente una erudita cotorra la carcajada soltó, haciendo del loro mofa.
Él respondió solamente, como por tacha afrentosa: «Vos no sois que una PURISTA». Y ella dijo: «A mucha honra». ¡Vaya, que los loros son lo mismo que las personas!
Respuesta de Don Tomás de Iriarte a una dama que le preguntó que era lo mejor que hallaba en su cuerpo
Con licencia, señora, de ese pelo que en rubias ondas llega a la cintura, y de esos ojos cuya travesura ardor infunde al pecho más de hielo;
con licencia del talle, que es modelo propuesto por Cupido a la hermosura, y de esa grata voz cuya dulzura de un alma enamorada es el consuelo,
juro que nada en tu persona he visto como el culo que tienes, soberano, grande, redondo, grueso, limpio, listo;
culo fresco, suavísimo, lozano; culo, en fin, que nació, ¡fuego de Cristo!, para el mismo Pontífice romano.
Señor don Juan, quedito, que me enfado…
Señor don Juan, quedito, que me enfado: besar la mano es mucho atrevimiento; abrazarme… don Juan, no lo consiento. Cosquillas… ay Juanito… ¿Y el pecado?
Qué malos son los hombres… mas, cuidado, que me parece, Juan, que pasos siento… no es nadie…, despachemos un momento. ¡Ay, qué placer… tan dulce y regalado!
Jesús, qué loca soy, quién lo creyera que con un hombre yo… siendo cristiana mas… que… de puro gusto… ¡ay… alma mía!
Ay, qué vergüenza, vete… ¿aún tienes gana? Pues cuando tú lo pruebes otra vez… pero, Juanito, ¿volverás mañana?