Hundido el rostro en tu cabello, aspiro el sofocante aliento de la noche que allí estancado humea y flota como el sueño. Todo el inmenso espacio pesadamente yace sobre esta tibia tierra adormecida, sobre el cuarto y el lecho y nuestros miembros, y la casi secreta agitación que mueve nuestros pechos. No respiramos aire, respiramos silencio; un gran silencio inmóvil que cubre nuestra piel desnuda como oscuros aceites. Y de pronto, siento que mi ternura me desborda y anega, que también con la sombra te acaricio, y te abrazo también con el espacio, y te rozo los labios con el aire; que toda esta solícita violencia es también este vasto silencio conmovido que arrojado de bruces encima de nosotros se asoma a nuestro amor, y lo recorre entero un estremecimiento, sollozo cálido, ala del destino.