En la noche por fin, sombrío oasis de los tórridos arenales del día, largamente, me he sumergido, y he disuelto la sal de la tristeza, y me he purificado el corazón mordido de impaciencias.
Con los miembros ligeros lavados por la sombra, salgo al paso del tiempo libremente. Ahora ya no tengo retención, ni designios, ni errante gimo desposeído.
Y toda esta hermosura desbordante, ahora abandonada,
si con asentimiento le sonrío, como mía me expresa.