Tu carne olía ricamente a otoño, a húmedas hojas muertas, a resinas, a cítricos aceites y a glicinas y a la etérea fragancia del madroño.
Hábil como una boca era tu coño. Siempre había, después de tus felinas agonías de gozo, en las divinas frondas de tu deseo, otro retoño.
Te aflojabas de pronto, exangüe y yerta, suicidada del éxtasis, baldía, y casta y virginal como una muerta.
Y poco a poco, dulcemente, luego, absuelto por la muerte renacía tu amor salvaje y puro como el fuego.