Ya por el horizonte se difunde la noche, agua sombría que moja lo mojado de las nubes murales. Yo con pasos ausentes recorro la penumbra, bajo el ala del Tiempo que sobre mí extendida ingrávida y pausada se desplaza. Vientos turbios y equívocos disponen todo el húmedo clima donde arraiga, ofrecida a la lluvia su fresca carne pura, como un fruto partido, el peso del destino. (Este soplo me llega desde oscuras distancias, cruzó mares que he visto, arrastra los perfumes de tierras que he pisado, llenó claras llanuras o bosques sofocantes donde yo enmudecía y sangraba de amor. Y en la mitad de este aterido viento, donde errabundas gotas viajan ciegamente, siento soplar de pronto un viento diferente, abierto y luminoso.) Oh viento tibio y firme, viento bueno que plasmaba de pronto en aguda presencia el campo de mi infancia donde una abeja zumba. Los árboles se instalan noblemente, los caminos recorren inamovibles huellas, los sitios tienen nombres persuasivos que los hacen carnales como el hueso a la fruta. Y la luz brota desde todas partes, luz increada y siempre fiel, que inunda la llanura sin muros donde un niño, de estatura menor que las yerbas del mundo, todo él suspendido de dos intensos ojos que inmóviles lo clavan a la inasible rotación del día, se ve sobrepasado por su propio silencio, que ya secretamente se entiende con la vida.
(Y otra vez desemboco en la áspera tierra del llovido presente que palmo a palmo con mis plantas palpo, andando entre desnudas ondas donde anida esta memoria que en murmurios muere, tropezando en la sombra a cada instante con su imperio cambiante.)
Y este múltiple viento informulable, como el mudo lenguaje de un destino, recorre con su soplo las horas de mi vida. Y dice que su afán secreto fue tan solo entender aquel puro silencio con que un día yo descifraba el Tiempo.