A la venerada memoria del pintor Giuseppe Bolaffio.
¡Oh, entre la antigua carne del hombre este clavado, antiguo deseo! Ilusión y mentira, vanidad de las cosa, que no lo son o para no parecerse a él visten diversas formas, y sin embargo tienen una donde toda dulzura de lo creado la carne aúna.
¡Cuánto el hombre ha soñado por ti, feroz deseo! En silencio nocturno lo reclama tu voz que primero es una caricia y entre los sueños y cuidados, brisa en la tarde sin viento después, trueno de pronto que ensordece dominante. Te reconoce aquél que por la noche, con lucha y pena, de la vida llega, te reconoce y, por huirte, invoca la muerte; ¡ay de aquél que en ti quiera alcanzar su muerte, antiguo deseo! Y de su lecho, ya profanado, hacia el hastío salta y hacia el horror de sí mismo, el fiero joven, en cuyo pecho una vergüenza oprimirá después -¡qué largo el día!- y un remordimiento. Pero sigues celando en él tu curso subterráneo, preparas tu retorno fatal hacia la antigua carne del hombre, ¡oh sin esperanza, clavado, antiguo deseo!
Con él nacido, ¿qué vale que de sí te sacuda, la más móvil tú, tú la más inmóvil entre las cosas del mundo, antiguo deseo? Omnipresente, asumes raras formas, y ya te velas o te impones en desnuda forma impúdica. ¿De qué si no de ti he hablado en los moldes del arte? ¿A qué he escondido o desvelado, sino a ti?
Lo que sin ti hubiera a mis sentidos parecido ingrato, y a mi alto espíritu odioso, lo que hubiera abandonado como indigno de mí, lo he buscado por ti, oscuro deseo. Ni aun maldecirte podría, pues eres demasiado yo mismo, eres los padres de mis padres y los hijos de mis hijos. Ay, que querría en vano renegar de la vida el que en suaves abrazos dijo, sólo una vez dijo, el “sí” al que persuades tú con grave dulzura, ¡oh en la antigua carne del hombre, demasiado adentro clavado, antiguo deseo!
Cuando el otoño a cada hoja da su rojo de sangre, el coraz6n oprimes como un aviso extremo, antiguo deseo. Pones nostalgia de perdidos días, empresas dejadas, cosas que hubieran podido ser y que no son, y en el hombre, caduco como las hojas, pones una confusa voluntad de vencer a la tumba, ¡oh creador deseo! Y por qué caminos, a través de qué hallazgos a esto llegas, o causa, tú, de mi mal, y, a la vez, sí, de mi bien: que por ti veo ahora gente ir y venir, altas naves partir, del vasto mundo haciendo por ti una sola cosa, ¡oh en la antigua carne del hombre desde el principio clavado, antiguo deseo!
Cuando retorna la primavera que al aire suaviza, el corazón de ansia me aprietas, de ti lo enfermas al hacerse la noche. En el invierno incubas lascivias, en sueños monstruosos el cálido estío estancas. Y a veces te lamentas piadosamente en miradas y en palabras, como hace el niño grácil y angustiado que un beso implora. Así te acogió alguien en sus jóvenes años, y ahora tan distinto en sí te siente, que querría, para sacudírsete de encima de una vez, haberse quitado la tiniebla y no la luz, el día que a la luz vino con en la nueva carne, tú, antiguo deseo tan adentro clavado.
A veces, con amigos, me burlo de ti, asiduo deseo. Y entre ellos, uno más querido, triste entre los tristes y con un aire más dócil a la vida. No tiene, que yo sepa, tus placeres, sino luto de hombre. Devotamente él la mano tiende, que tiembla de ansia al colorear sus telas. En ellas pinta velas al sol, fuertes contrastes de formas, y crepúsculos a orillas del mar, y a bordo, en cada cosa luces de santidad que de su alma viene y en otros se reflejan. De ti no pone nada en su arte adolescente, pareciendo de ti siempre inocente. Sino que él, en largas horas de insomnio en inviernos enteros, sin que su mano ni una pincelada ose, no viejo aún, sino curvado como un viejo, para ti sueña cosas que después espantosas le serían de oír, ¡oh en la antigua carne del hombre para su dolor clavado, antiguo deseo! Versión de Jesús López Pacheco