Hay momentos de soledad en que el corazón reconoce, atónito, que no ama. Acabamos de incorporarnos, cansados: el día oscuro. Alguien duerme, inocente, todavía sobre ese lecho. Pero quizá nosotros dormimos… Ah, no: nos movemos. Y estamos tristes, callados. La lluvia, allí insiste. Mañana de bruma lenta, impiadosa. ¡Cuán solos! Miramos por los cristales. Las ropas, caídas; el aire, pesado; el agua, sonando. Y el cuarto, helado en este duro invierno que, fuera, es distinto.
Así te quedas callado, tu rostro en tu palma. Tu codo sobre la mesa. La silla, en silencio. Y sólo suena el pausado respiro de alguien, de aquella que allí, serena, bellísima, duerme y sueña que no la quieres, y tú eres su sueño.