A Vicente Gallego Ibáñez
Tu divina bondad no prueba nada, fraterno humano amor, de lo que el hombre busca conocer para amarse: no das ese consuelo y, sin embargo, tu favor es el único refugio donde hallamos clemencia verdadera. No hablo sólo del beso que en el sótano oscuro de la lujuria enciende su fuego contra el frío, digo cierto también y sobre todo el brazo en que se apoya nuestro mal vencimiento cuando el amor ingrato nos derriba. De un amor necesario os hablo ahora más noble que el amor, del más logrado bien que heredó nuestra sangre.
No falte a nuestra cruz tu sincera piedad, fraterno humano amor que con tan firme pulso nos sostienes la vida. Que si huérfana el alma de eternidad se muere, nuestra madre la carne muera al menos llorada.
De “La plata de los días” 1996