Pues sabemos del viento, la aristocracia somos, desvalida, de lo que el viento lleva.
Somos sólo el cobijo transitorio del arraigado sueño que en la pasión pervive, y en la noble tarea de alimentar un sueño nuestra vigilia apuesta su cumplimiento altiva.
Del desafío antiguo la victoria se cobra, solamente, donde lo sabe y canta nuestra fe: en el nuevo vigor con que afrontamos el renovado lance desigual. Y en la noche invidente de los tiempos que la conciencia alumbra, dolorosa, nuestros ojos se abren a ese único día que repite su aurora clausurada.
El destilado somos, milenario, de la sangre y del vino, de una dura progenie esforzada y dichosa por la que sabe, sorda, de su nombre la rosa. * * *