Un nítido recuerdo del placer que hallé en ti suena sordo en la noche como una campana.
Sola campana de mi noche sola, dobla tú por el día que de mi amor fue entero, ahora que sólo soy de la irreal memoria obligado inquilino.
Te dabas en la noche a la voraz y oscura hambre mía de ti, y era aquel apetito, no lo supe, repugnancia de qué repetido destino, prevención inconsciente de esta hora.
En la más dura saña peleamos de quien busca clavar sobre un cuerpo su cuerpo por imprimir la sombra en otra vida de lo que va perteneciendo al humo porque fue de la llama.
Desatendemos hoy la llama juntos, la que juntos prendimos, la que nos dio calor, la que juramos juntos conservar en su frágil crepitar melodioso.
De su música ardiente nos desvela en la noche frío el eco dolido de aquel sueño en su luto, de esta rota vigilia.
Un nítido recuerdo del placer que hallé en ti se dibuja en el aire contrariado de mi vivo deseo todavía. Y al diablo me ofrezco por tu espalda desnuda.
¿Pero quién eras tú? ¿Y quién fue el que te amó? ¿Y por quiénes redobla, en la noche del otro, esta sorda campana? * * *