Siempre fue la tristeza un dócil animal de compañía con el que yo he jugado algunas tardes. Sin apretar los dientes me estiraba del brazo, paseaba conmigo, se sentaba a mis pies en los fríos inviernos. En los días aciagos, por probar su obediencia, le lanzaba mi alma, y ella me la traía dulcemente empapada en su aliento doméstico. Siempre fue la tristeza un dócil animal de compañía, que hace tiempo ha adoptado esta fea costumbre de morder a su amo. * * *