I Bailabas junto a mí canciones viejas, antiguos éxitos de algún verano que escucho por azar. Para el recuerdo ningún guardián tan fiel como la música. Yo era un niño asombrado por tu cuerpo, pero llegó septiembre a separarnos.
Me abordaste de nuevo en la ciudad más alta y maquillada, en sus rincones perdimos la inocencia como un guante lanzado con descaro a los demás. Con el paso del tiempo representas los cines de reestreno y la pasión. No pudimos cumplir los veinte juntos.
Me tentaste después de otras maneras, y tomabas las formas más extrañas. Aprendí ciertos juegos a tu lado, el frío que amenaza tras la fiesta, y algunos trucos, casi siempre sucios, para fingir calor antes del alba. Empezaba a pensar que no existías.
Te acercaste de nuevo, por sorpresa, en un pequeño bar de facultad, nos amamos despacio y con asombro. Estábamos cambiados y creí que no te irías más de mi universo. Hemos sido felices estos años.
Y ahora regresas otra vez, hermosa, desconocida y joven como siempre, tentando todavía al desaliento. Regresas otra vez para que entienda que te he perdido ya, que sigo solo. II Lo expresa una palabra: desencanto. Ningún dolor concreto o abandono, más bien esa actitud que a su partida el dolor nos contagia: cierta desconfianza y un asombro extraño ante la dicha. Que en el amor no sean las palabras tan sólo lo gastado, pues como en un poema que pretendo feliz y me traiciona, en él he perseguido, siempre, algún final más digno a sus comienzos. En la desposesión que se repite ya lágrimas no encuentro, una resurrección, ninguna muerte pudiera todavía emocionarme, pues somos la costumbre del fracaso.
Pero yo sé que habrá, de vez en cuando, algún modesto obsequio de los días: alcohol y noches, tangos, libros, cuerpos, o quizá el verso hermoso que hoy me huye: escudo ante las llamas, armas blancas contra el devastador ejército del tiempo.
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