Noviembre, 26

Noviembre, 26

Que nuestras manos puedan protegernos del sol, que eclipsen su contorno totalmente, no debiera ocultarnos el tamaño de ese astro al que quiero llamar padre. Bajo su luz desnuda no precisan las cosas de adjetivos: la mañana del mundo es cuanto tengo, contra su cielo soy un cuerpo frente al mar que ahora procura disfrutar de su instante en el hueco sin pausa de los siglos.

Austeridad y lujo de lo exacto.

* * * Nuestras extrañas exigencias

Para que tú me ames, para que yo conserve tu amor más alto y puro, sólo debo -me dices- cumplir una mandamiento: no mentirte jamás, no mentirte siquiera cuando más necesites que lo haga, porque tú -me aseguras- lograrás perdonar cualquier ofensa, cualquier traición si la confieso. Y así, con un engaño, mintiéndote y mintiéndome, demandas mi franqueza más suicida.

Por tu parte, para que yo te ame, para que tu conserves mi amor más alto y puro, sólo debes cumplir un mandamiento: no dejar de mentirme, porque no lograría amarte en tu verdad. Lo que yo amo es tu forma de engañarme. Por lo que a mí respecta, complaceré tu gusto: te mentiré jurando que no miento, y si logro tenerte para siempre engañada, habrás de agradecerme un amor tan sincero que no sienta el impulso de decir su verdad, porque es la verdad la traición más cobarde y nadie necesita su confidencia cruel por más que la suplique.

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Proyectos de futuro

Esta tarde soy rico porque tengo todo un cielo de plata para mí, soy el dueño también de esta emoción que es nostalgia a la vez de los días pasados y una dulce alegría por haberlos vivido. Cuanto ya me dejó me pertenece transformado en tristeza, y lo que al fin intuyo que no habré de alcanzar se ha convertido en un grato caudal de conformismo. Mi patrimonio aumenta a cada instante con lo que voy perdiendo, porque el que vive pierde, y perder significa haber tenido. Ya no tengo ambiciones, pero tengo un proyecto ambicioso como nunca lo tuve: aprender a vivir sin ambición, en paz al fin conmigo y con el mundo.

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Recado de escribir

Para Encarna Oliva

De qué forma explicarte que por ti lo he hecho ya casi todo: renunciar a las otras, renunciar a las noches en que ellas en torno a mí giraban con la música como giran las noches, como todo giraba en aquel tiempo hermoso que juré detener para siempre, como gira el deseo al que he vuelto la espalda, como también a veces la mirada se vuelve hacia esos días que por ti he convertido en mi vieja leyenda. De qué forma explicarte que por ti me he desdicho: los amigos de entonces se sonríen al verme, no me habla mi soledad de siempre, ni siquiera el alcohol me sienta como antes, y he perdido mi destreza en el baile. De qué modo explicarte, sin que lo entiendas mal, que hasta mi juventud me va volviendo la espalda, que por ti lo he hecho ya casi todo, excepto aquello que juzgabas tan fácil, que me pediste tanto sin que nunca supiera atender tu ilusión: el poema de amor que por fin te dedico y que tal vez te oculten estos versos sin halagos, sin rosas, estos versos que no sabrán en nada parecerse a los que tú soñaste. Un poema de amor verdadero, sin trampas, sin palabras hermosas.

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Credo

A Vicente Gallego Ibáñez

Tu divina bondad no prueba nada, fraterno humano amor, de lo que el hombre busca conocer para amarse: no das ese consuelo y, sin embargo, tu favor es el único refugio donde hallamos clemencia verdadera. No hablo sólo del beso que en el sótano oscuro de la lujuria enciende su fuego contra el frío, digo cierto también y sobre todo el brazo en que se apoya nuestro mal vencimiento cuando el amor ingrato nos derriba. De un amor necesario os hablo ahora más noble que el amor, del más logrado bien que heredó nuestra sangre.

No falte a nuestra cruz tu sincera piedad, fraterno humano amor que con tan firme pulso nos sostienes la vida. Que si huérfana el alma de eternidad se muere, nuestra madre la carne muera al menos llorada.

De “La plata de los días” 1996

De “Santa deriva” 2002:

Desvalido orgullo

Pues sabemos del viento, la aristocracia somos, desvalida, de lo que el viento lleva.

Somos sólo el cobijo transitorio del arraigado sueño que en la pasión pervive, y en la noble tarea de alimentar un sueño nuestra vigilia apuesta su cumplimiento altiva.

Del desafío antiguo la victoria se cobra, solamente, donde lo sabe y canta nuestra fe: en el nuevo vigor con que afrontamos el renovado lance desigual. Y en la noche invidente de los tiempos que la conciencia alumbra, dolorosa, nuestros ojos se abren a ese único día que repite su aurora clausurada.

El destilado somos, milenario, de la sangre y del vino, de una dura progenie esforzada y dichosa por la que sabe, sorda, de su nombre la rosa.


El sueño verdadero

A César Simón, in memoriam

En el cenit del día un derrumbe se escucha silencioso: es el ínfimo estruendo de la nube que quiebra su lograda figura para ser de sí misma sólo un eco en lo alto. Todo está en su solsticio, en su plena apariencia mientras el sol lo abrasa. Y a la herida del hombre su latido le presta el frágil corazón de la que cree su hora en la burla del tiempo.

Todo vive muriendo y, sin embargo, qué arraigado saberse cierto y hondo en la misma raíz del desarraigo, qué morada a cubierto en la brusca intemperie, qué verdad este sueño cristalino de agosto.

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Historia del amor

Un nítido recuerdo del placer que hallé en ti suena sordo en la noche como una campana.

Sola campana de mi noche sola, dobla tú por el día que de mi amor fue entero, ahora que sólo soy de la irreal memoria obligado inquilino.

Te dabas en la noche a la voraz y oscura hambre mía de ti, y era aquel apetito, no lo supe, repugnancia de qué repetido destino, prevención inconsciente de esta hora.

En la más dura saña peleamos de quien busca clavar sobre un cuerpo su cuerpo por imprimir la sombra en otra vida de lo que va perteneciendo al humo porque fue de la llama.

Desatendemos hoy la llama juntos, la que juntos prendimos, la que nos dio calor, la que juramos juntos conservar en su frágil crepitar melodioso.

De su música ardiente nos desvela en la noche frío el eco dolido de aquel sueño en su luto, de esta rota vigilia.

Un nítido recuerdo del placer que hallé en ti se dibuja en el aire contrariado de mi vivo deseo todavía. Y al diablo me ofrezco por tu espalda desnuda.

¿Pero quién eras tú? ¿Y quién fue el que te amó? ¿Y por quiénes redobla, en la noche del otro, esta sorda campana?

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Oda

Tú eres canto de amor bajo la piel traslúcida del día, circulación del alma en las vistosas alas de las formas terrestres, destello que delata, jubiloso, la condición solar de la materia. Tú has sembrado en la noche tu plateada flor iridiscente, y es la muerte por ti una perla negra.

Tú eres alta embajada del subterráneo fruto, y está arriba tu sitio, en la fugaz superficie lograda de las cosas: brillo eterno del mundo, rocío del mirar enamorado.

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Venenos y remedios

Midiendo con goteros lo que aún me quedaba de la sangre tenaz de la alegría, se me pasó la noche.

Mientras la roja fiebre trazaba su derrota de pesados aceites y derivas, yo me di a la congoja del que espera ver su barco encallar.

Pasó la noche en pos de un rumbo oscuro, y en la misma agonía, en la intemperie alzada como un último techo, fue buscándome el alba al fin la herida para ofrecerme fiel su blanca venda toda limpia de luz samaritana.

De “Santa deriva” 2002

Otros poemas:

Ahora

De dios es este instante, y él lo ignora.

Es polvo del cristal de la alegría, es la rosa que encaña de la sangre en su entera majestad.

Bien se ve que sabéis de la honda llaga, de este andar a derechas sobre la brasa pura.

¿Morir?

Mira ahora estas manos, mira en ellas el pan de un tan loco querer, de una harina tan limpia.

Canción del malmaridado

Estuvimos enfermos, se quebraban los cuerpos de los padres. Fueron largas las noches, y en ellas sospechábamos lo que nunca nos cumpliera saber.

Deshojábamos la negra margarita y nos amaba la que con todos quiere, la de la trenza fría.

Y fuimos mal casados.

Porque sólo nos quiso la niña malcarada, mala boda arreglamos: llovió nupcial arroz en nuestro día y era amarga la semilla de achicoria sobre los cráneos mondos.

Porque sólo nos quiso, madre, la de la helada trenza, la que con todos anda, la que con todos quiere.

Y ay que es larga la noche, por dormirla con ella.

De “Cantar de ciego”