Nuestras extrañas exigencias

Nuestras extrañas exigencias

Para que tú me ames, para que yo conserve tu amor más alto y puro, sólo debo -me dices- cumplir una mandamiento: no mentirte jamás, no mentirte siquiera cuando más necesites que lo haga, porque tú -me aseguras- lograrás perdonar cualquier ofensa, cualquier traición si la confieso. Y así, con un engaño, mintiéndote y mintiéndome, demandas mi franqueza más suicida.

Por tu parte, para que yo te ame, para que tu conserves mi amor más alto y puro, sólo debes cumplir un mandamiento: no dejar de mentirme, porque no lograría amarte en tu verdad. Lo que yo amo es tu forma de engañarme. Por lo que a mí respecta, complaceré tu gusto: te mentiré jurando que no miento, y si logro tenerte para siempre engañada, habrás de agradecerme un amor tan sincero que no sienta el impulso de decir su verdad, porque es la verdad la traición más cobarde y nadie necesita su confidencia cruel por más que la suplique.

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