¿De dónde llegas tú, ilusión de un día porvenir, tú, esperanza de un pasado nunca cumplido, pero que yo ahora evoco entre marchitas profecías o anticipo en nostalgia? De recuerdos y paciencias me nutro. Los ayeres y los mañanas dóciles acuden a congregárseme en el hoy, un punto que se dilata ilimitado en ondas concéntricas, amor, amor sin tregua.
Y todo es por tu mágico conjuro, diosa de pies ligeros, madre mía. Déjame que te diga apasionado mi amor por ti, mi luz en la honda noche, mi amparo, mi sostén en el vacío, tan adherida a mí como mi carne, tan enraizada en mí como mis huesos, yo mismo, pues ¿qué soy yo, que sería sin ti, a quien debo lo único que tengo, mi fugitiva eternidad de hombre?
Por tu amorosa previsión ordeno mis días y mis noches. Yo soy sólo una memoria y un deseo, un agua que estremecidamente fluye inmóvil. Tú conoces mi vida, me recuerdas fechas: murió en Valencia, veintiuno marzo, mil novecientos diecinueve. Nació… Dejemos el espacio en blanco y Dios lo llenará cuando me llame para ingresar -completo ya- en su Nada.
Porque otros son, mi amor, nuestros caminos. Igual que al vagabundo de Manhattan, a mí que me preocupan tantas cosas, no me preocupa Dios, no me preocupa la muerte. Me deslizo de tu brazo por el tiempo (no un río que termina en el mar del morir, sino el mar mismo siempre consigo. ensimismado, libre en su flujo y reflujo), por el tiempo, ajeno al gran pecado del olvido.
Mediada está mi vida. Estoy inmerso en aguas tan profundas que no tienen fondo o lo desconocen. En el pecho me late el corazón, una campana sorda, callada, pero jubilosa en su entrañado grito de alegría. Sea la vida sueño, sombra, nube, viaje, ilusión o luna mortecina. No me preocupa Dios cuando la sangre su música musita misteriosa.
La rosa, el chopo grácil de la orilla, el río rumoroso y solitario, el monasterio al pie de la montaña y la cima nevada, aquellos ojos que un segundo brillaron ofreciendo amor, las rachas frescas de la lluvia y el viento en los adioses del verano, todo conlleva tiempo y acongoja el corazón con mano delicada, fábula y mito de los años muertos.
Pero guiado de tu mano avanzo hacia el futuro, avaro me demoro en el sueño, potencio a mi albedrío el instante presente, me hago dueño de su fugaz y fina consistencia, vuelvo la vida del revés, aplaco su curso, llego a un éxtasis tan quieto y tan seguro que en la noche brilla llena la luna, y ya no escucho el río que huye ni sus consejas sibilinas.
Soy tuyo, madre mía, tú me dices constante lo que soy, lo que no he sido, lo que he de ser o no he de ser, tú eres a la vez mi pasado y mi futuro, mi ya y mi todavía, me preservas de olvido, en esperanza cada día me salvas, me das vida a millares, mundo en relieve -bosques, mares, cielos-, me das, entre las horas huidizas, partes de eternidad, vences la muerte.
Sí, deja que te diga apasionado mi amor por ti, luz mía y madre mía, memoria mía en mí, puro deseo de ser memoria en otros. Sea sueño la vida. ¿No es también sueño la muerte? Gracias, gracias te doy por endiosarme mágica, humilde, breve, inmortalmente en mi unidad dramática de hombre bajo el cielo estrellado. Nunca cese mi corazón de dar su sí a la vida.