Ay, qué podré decirte, dulce amada, joven virgen feliz que no conoces en un cielo cerrado, suaves roces, el peso del amor, noche entregada.
Desde este corazón, isla olvidada, -oye del mar sus clamorosas voces-, me elevaré hasta ti que desconoces la flecha que en lo oscuro está clavada.
Los cuerpos se revuelven tan certeros, guiados del amor, como esos astros que, arriba, sólo ven tus ojos puros.
Órbita de pasión y verdaderos, resplandecientes e infalibles rastros. Celestes nuestros cuerpos aunque oscuros.