Los rostros de los enamorados, en el césped, se vuelven indiferentes, hacia el trueno, hasta que brillen en la lluvia que hace temblar las flores.
Entre durazneros y almendros, que al giro de las estaciones se cubren de abejas, los enamorados son un infinito instante, el sueño del tiempo estremecido en su propia tempestad.
El relámpago va huyendo entre rosas y gallos.
El tiempo se hunde con ramas y nubes en las charcas que de la lluvia cerca de los enamorados que eternamente olvidan su propia historia, abandonados al relámpago y a un sabor de mieles silvestres.