Penumbras secretas

Penumbras secretas

Encontré la desdicha al amanecer, en un caballo que sangraba con la cabeza un poco caída en la yerba y el llanto de mi hermana de dos años que había sido operada en el vientre.

Yo sentí un poco de sangre en las manos, un dolor triste como un cabrito degollado, una piel puesta a secar sobre las piedras. Anduve por el aire frío de las últimas estrellas donde moraban gallos dispersos, y sentí mi propia presencia en un árbol iluminado en el fondo de la casa.

El día acogió el caballo herido con el llanto de mi hermana en los ojos. El día me recluyó en los rincones oscuros. Seguí siendo un triste que espanta las moscas de la tarde o dibuja una iglesia rodeada de aves marinas.